Por Sofía Suárez
El filántropo, escritor y mecenas argentino Georges Bemberg era todavía un estudiante de Harvard cuando compró su primera obra de arte en un viaje a Nueva York. Un gouache de Camille Pissarro adquirido por sólo 200 dólares que marcaría, sin saberlo entonces, el inicio de una colección de arte histórica. Guiado desde temprana edad por su gusto personal, es posible que haya resonado con Bemberg el estatus de Pissarro como “decano” del movimiento impresionista y quien, al igual que él, había hecho de Francia su hogar adoptivo. Desde entonces, y con una particular discreción en su vida personal y profesional, Bemberg pasó a reunir a los principales contribuyentes de los movimientos impresionista y postimpresionista, desde Claude Monet, Berthe Morisot y Paul Cezanne, hasta gigantes posteriores como Henri Matisse, Raoul Dufy y Pierre Bonnard. Fue Bonnard quien se convertiría en su pasión de por vida, y Bemberg finalmente acumuló más de treinta obras de este cofundador fundamental de Les Nabis, el grupo modernista que reunió influencias de Paul Gauguin, Vincent van Gogh y el grabado japonés. Como verdadero humanista y erudito, Bemberg tenía un profundo aprecio por la diversidad de intereses e inspiración encarnados en figuras de Les Nabis como Pierre Bonnard y Paul Sérusier.
Afincado en París hasta su muerte en 2011, sin perder jamás su conexión con Buenos Aires y New York, George Bemberg dejó como legado una de las mayores colecciones de arte de Europa. Más de 1100 obras maestras que incluyen pinturas y esculturas, las cuales, al no tener herederos directos, pasaron a ser parte de la Fundación Bemberg en el Hôtel D’assézat.
A principios de este año, por primera y única vez, la colección impresionista de Bemberg salió de su residencia permanente en Toulouse para viajar a una muestra especial gestionada por el Museo de Arte de San Diego en California. La exhibición, que debía terminar en agosto pero se extendió hasta octubre por la alta demanda de visitantes de todo el mundo, reúne más de 60 obras de los grandes maestros del impresionismo desde el período de 1870 a 1930.
Quienes tengan el placer de visitarla van a poder admirar piezas como “Mujer en el tocador” de Edgar Degas, “El paisaje montañoso cerca de Aix” de Paul Cezzane, “Barcos en la playa” de Etretat, de Claude Monet, “Retrato de Félix con falda” de Camille Pissarro y “Le Cannet” de Pierre Bonnard, entre otras de la misma relevancia. Una muestra que no volverá a salir de su hogar en Toulouse porque no se trata de una exhibición itinerante y por lo tanto, es la única oportunidad para disfrutarla fuera del suelo francés.
Como si fuera poco, a esta exhibición privilegiada se suma un dato de color; visitar el Museo de Arte de San Diego y sus alrededores es una experiencia en sí misma. Un museo que goza de una interesante colección permanente con arte europeo incluido y se ubica en un entorno único en norteamérica: Balboa Park. Se trata del parque urbano más grande de Estados Unidos abierto al público a mediados del siglo XIX y que con su nombre hace honor al explorador Vasco Nuñez de Balboa, primer europeo en divisar el Océano Pacífico. Destacado por sus inmensos e impecables espacios naturales, el parque Balboa cuenta con más de 15 museos y centros culturales, teatros, jardines botánicos, campos de golf, restaurantes, tiendas y un auditorio a cielo abierto. Una parada imperdible para quienes visiten esta ciudad de la costa oeste que combina sus paisajes, su clima casi perfecto y su estilo descontracturado con una vibrante propuesta cultural.
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