Llegar a su casa es el fiel reflejo de quién es Florencia. Una mujer apasionada por la naturaleza, sensible y simple. Ella es lo que refleja, sin vueltas ni oscuridades, alguien transparente y talentosa que simplemente ama lo que hace y la inspiran situaciones de su vida cotidiana. Nació en Buenos Aires en una familia unida y es la mayor de varias
hermanas y un hermano. A sus 55 años relata su pasado, sus pasiones y su enorme aprendizaje de vida. Sus estudios artísticos comenzaron en la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, en la Escuela Ernesto de la
Cárcova y en los talleres de reconocidos artistas: Jorge Demirjián, Luis Felipe Noé y Gabriel Messil. La Fundación Proa le otorgó una beca de perfeccionamiento artístico con Guillermo Kuitca entre los años 1994 y 1955. Enseñó pintura en el Centro Cultural Rojas, hasta el año 2008. Expuso en Buenos Aires, Milán y Nueva York, entre otros; y sus obras forman parte de distintas colecciones privadas en nuestro país, Nueva York, París, Chicago, Madrid y Mónaco. Se publicaron tres libros sobre su trabajo: el primero, de 2013, trata sobre los 20 años de su obra
(1992-2012), en 2015 se publicó otro sobre acuarelas llamado “Misiones” y en 2018 otro de Acuarelas, “Río de La Plata”. Actualmente vive y trabaja entre Buenos Aires y Misiones.
¿Cómo comenzó tu pasión por el arte?
Asocio mi pasión con el arte con dos situaciones. La primera, un libro que me regalaron cuando era chica que se llamaba “Mi museo maravilloso”. Tenía las grandes obras de arte que eran explicadas y narraban situaciones de los cuadros. Eso me fue acercando al arte. Luego a los 13 años viajamos a San Pablo con mi familia a visitar a un tío y mi padre nos llevó al Museo de Arte Moderno de San Pablo. Allí conocí a Van Gogh, Monet, Modigliani y varios artistas. Supongo que esa experiencia tuvo una intensidad que volqué en esas pinturas que había visto ahí, con lo cual quedé ligada a esas pinturas y artistas.
¿Recordás cuál fue tu primer cuadro?
El primero que recuerdo con conciencia fue uno muy chiquito donde pinté la casa de mis abuelos en Uruguay. Una casa muy antigua que había sido del General Muñoz y que hasta tenía un fantasma, su fantasma. Le pegué unas hojas secas y pinté una vegetación, yo creo que tenía 14 años. Mi abuela conservó ese cuadro durante mucho tiempo.
¿Cómo fue tu niñez? ¿Tuviste relación con el arte desde chica?
Mi niñez estuvo muy asociada a la naturaleza y no recuerdo haber tenido contacto con el arte, salvo lo que conté. Había una preocupación estética pero no recuerdo mucho del arte en sí. Viví una niñez bastante afirmada en la literatura, creo que esa fue la puerta de entrada para todo.
¿Cómo es tu relación con la naturaleza?
Es estructural en mí. Fui criada siempre en lugares con mucha naturaleza, mi mundo era ese, el lugar de las aventuras, de las experiencias. Concretamente era el lugar de la belleza. Los atardeceres, los caballos, el río… todos esos escenarios forman parte de mi esencia.
¿Cuáles son las cosas que más te inspiran?
Fue variando muchísimo con el tiempo. Al comienzo eran esos atardeceres en La Pampa plagados de árboles gigantes. Esos escenarios provocaron esa primera emoción, esas ganas de fijar lo que vivía y plasmarlo en algún
lugar. Luego, durante la época de la Escuela de Bellas Artes, me inspiraron los artistas, en ese momento eran Bacon y De Kooning. Cuando comencé a viajar a Misiones, su naturaleza fabulosa me inspiró y me sigue inspirando hasta el dia de hoy. Con el tiempo comenzaron a movilizarme los asuntos humanos, las reuniones, los grupos. Y pasé de
la naturaleza pura a habitar esa naturaleza con personas. Poco a poco me fue interesando cada vez más lo que hacían esas personas, su comportamiento. Hoy por hoy, lo que más me inspira es alguna experiencia, alguna
vivencia que tengo y quiero fijar, recordar y procesar. Como podría ser una salida al río o algún encuentro. Esas son las cosas que hoy más me interesa reflejar y más me inspiran. Tu obra es súper versátil, podés pintar desde
un paisaje extraordinario rodeado de selva hasta un retrato de un aborigen…
¿De qué depende esa versatibilidad?
Es verdad, es una versatilidad que va detrás de una gran curiosidad, como si la pintura fuera una herramienta de exploración del mundo. Cuando viajé a África pinté las caras que habia visto allí, cuando fui a Misiones comencé a
pintar las diferentes especies y animales y luego las formas de vida. Últimamente los retratos los pinto en invierno. La versatilidad forma parte de mi personalidad, el arte también es una herramienta que necesita absoluta libertad, es un espacio donde la libertad es el elemento. Mi imagen nunca se fijó ni la pensé como una determinada forma
de pintar. El arte siempre fue un instrumento de juego y la versatilidad es fundamental para manternerlo vivo.
¿En qué momento definís el tamaño de una obra?
Generalmente una obra viene detrás de un boceto previo que hago en mis cuadernos día a día, donde voy pintando lo que voy viendo y viviendo. Quizás alguno de esos bocetos me llama más la atención y ahí decido pasarlo a una tela. Dependiendo de mi energía y la necesidad proyectual, una obra grande es un proyecto grande y una obra pequeña es más un ejercicio; de acuerdo a esa energía disponible que tengo, defino el tamaño de la tela. En general, las más grandes significan un esfuerzo mayor de concentración y también tienen una capacidad mayor de frustración si uno no las lleva hasta el final. Últimamente pinto mayormente tamaños chicos porque deseo plasmar esas vivencias que tengo, sin tener la problemática de resolver un espacio grande con todo lo formal y lo que uno proyectó.
¿Quién fue tu mejor maestro o el qué más influyó en tu obra?
Los maestros son muy importantes en un artista, te acompañan toda la vida. Tuve varios maestros; Demirjian, Noe, Kuitka… Luego están los maestros que uno encuentra en los libros. La pintura china de la antigüedad fue toda una escuela taoista para mí bastante clave porque había una relación con la naturaleza que me interesaba mucho. Luego
los románticos, que exploraban a fondo el vínculo con la naturaleza y la relación entre el micro y el macro cosmos, que sería esa relación entre el exterior de la naturaleza que se refleja en el interior de las emociones. También los mejores maestros para un artista son sus colegas. Uno pinta con ellos y crece con su pintura, y va aprendiendo mucho de ese vínculo.
¿Qué artista elegirías para tener en el living de tu casa?
En casa tengo pocos muebles y muchos cuadros de amigos con quienes siento una fuerte conexión. A través de sus pinturas me acompañan y los cuadros van formando parte de mi vida cotidiana. Vivir rodeado de arte es tan intenso como estar rodeado de naturaleza.
¿Dónde te gustaría exponer que no lo hayas hecho aún?
En países que fui y que amo como Brasil o Colombia. Sobre todo porque mostrar implica también relacionarse con el lugar y con la gente, y eso abre oportunidades y experiencias. También en Europa, en aquellos lugares nuevos que me abran esa posiblidad de nuevas vivencias.
¿Qué consejos les darías a aquellos artistas que están comenzando este viaje?
El consejo que siempre doy es tener a mano un cuaderno para bocetos y ahí realizar la primera bajada intuitiva de todo lo que el espíritu va recibiendo y captando de la vida real. Dibujar lo primero que está a la vista. Animarse a eso, a no pensar en la obra como un todo, terminada, ideal, sino estar en contacto con eso primero que aparece.
Ir gestando la idea de a poco a través de bocetos, al aire libre, entre amigos… Dibujar, dibujar y dibujar, casi jugando. Ese es mi consejo, conectarse mucho con el juego en una primera instancia y, desde ese lugar, ir
armando la obra.
¿Qué opinás del arte argentino contemporáneo?
Tiene una riqueza enorme. Nuestra tradición es muy joven, y por eso no tenemos ese peso que tienen los artistas en Italia o Francia, que tienen una gran tradición. Somos más libres. Nos relacionamos con lo que sea. Tenemos
todo a mano, todo por construir. La escena argentina contemporánea tiene muchas vetas. Lo veo muy rico al arte contemporáneo actual en artistas, cada uno a su manera va aportando a la escena. Por otro lado, se abrió la posibilidad de todo lo que es subsidios y residencias. Hay toda una plataforma para trabajar mucho más accesible.
¿Cuál fue la obra que más disfrutaste crear?
En 2019, me encargó Javier Villa para una muestra en el Mamba una obra que tuviera que ver con el territorio argentino, con el litoral que es Misiones, el lugar que yo conozco muy bien. Y pinté una obra muy grande de siete
metros e hice varios bocetos previos. Alquilé un espacio y la disfruté mucho por el desafío que implicaba, y que sabía que iba a tener un destino interesante. Fue todo un proceso que disfruté mucho cómo se fue gestando.
Además del arte, ¿tenés alguna otra pasión?
Tengo otra gran pasión que es el cine. Empecé a hacer películas, documentales en 2015, y es realmente una pasión que crece cada vez más y además me permite el trabajo en equipo, que es un poco lo que me falta en la pintura.
¿A qué artistas nacionales admirás?
Antonio Berni, Raquel Forner, Xul Solar, Marcia Schvartz, Alfredo Londaibere.
¿Cuáles son tus sueños y objetivos profesionales?
Primero, seguir enamorada de mi oficio. Si tengo eso, tengo todo; es el punto de partida. Segundo, que sigan habiendo oportunidades para mostrar, para interactuar, para desplegar proyectos.






