Por: Sofia Prado
Viajamos hasta Vielsalm, una pequeña localidad del sur de Bélgica, para descubrir una de las celebraciones más singulares de Wallonia. Cada 20 de julio, la Fête des Macralles transforma el centro histórico en un escenario donde el folklore cobra vida: desfiles de brujas, espectáculos de fuego, música, rituales y personajes fantásticos recuerdan una antigua leyenda local que, lejos de perderse en el tiempo, sigue siendo parte de la identidad de esta comunidad.

La Fête des Macralles
La Fête des Macralles es la celebración más emblemática de Vielsalm y un homenaje a las macralles, las brujas del folklore de las Ardenas. Su origen se remonta a las antiguas leyendas populares que hablaban de mujeres con poderes sobrenaturales que recorrían los bosques de la región y se reunían durante la noche para celebrar aquelarres. Aunque aquellas historias nacieron de las creencias y supersticiones de siglos pasados, con el tiempo las macralles dejaron de ser personajes temidos para convertirse en un símbolo de la identidad cultural de Vielsalm. Hoy, la ciudad reivindica ese legado a través de un festival que mezcla historia, teatro, humor y tradición.
Cada 20 de julio, el centro de Vielsalm se transforma en un gran escenario al aire libre donde desfilan brujas, hechiceros, criaturas fantásticas y grupos folklóricos, acompañados por música, espectáculos de fuego y representaciones teatrales. Uno de los momentos más esperados de la noche es el robo simbólico de la llave de la ciudad. Según la tradición, las macralles consiguen apoderarse de la llave y toman el control de Vielsalm por una noche, desafiando a las autoridades en una divertida representación cargada de humor. A partir de ese momento comienza un juicio satírico en el que las brujas son acusadas de sus “fechorías” antes de celebrar el Gran Sabbat, el acto central del festival. La velada culmina con un impactante espectáculo de fuego, luces y efectos especiales que convierte la plaza principal en un escenario mágico.
Lejos de cualquier connotación oscura, la Fête des Macralles es una celebración del patrimonio cultural de Wallonia y una muestra de cómo las antiguas leyendas pueden ser un atractivo turístico capaz de reunir a miles de visitantes cada verano. Es una fiesta donde el folklore sigue vivo gracias a la participación de todo el pueblo y donde la magia, al menos por una noche, parece apoderarse de Vielsalm.

De Vielsalm a Dinant: un recorrido por la esencia de Wallonia
Ubicada a orillas del río Mosa y rodeada por imponentes acantilados de piedra caliza, Dinant es una de las postales más emblemáticas de Wallonia. Su silueta, dominada por la imponente Ciudadela y la característica iglesia colegiata de Notre-Dame con su campanario en forma de bulbo, convierte a esta ciudad en una parada imprescindible para quienes recorren el sur de Bélgica. Sin embargo, más allá de su belleza, Dinant es un destino donde la historia, la naturaleza y la cultura se entrelazan en cada rincón.
Los orígenes de Dinant se remontan a la Edad Media; en esa época, era un importante centro comercial y artesanal por su ubicación estratégica sobre el río Mosa. Durante siglos fue reconocida por el trabajo del cobre, conocido como dinanderie, una técnica que dio fama a la ciudad en toda Europa. Por esa misma posición privilegiada fue escenario de numerosos conflictos, especialmente durante las guerras entre los principados medievales y, más tarde, durante la Primera Guerra Mundial. En agosto de 1914, Dinant sufrió uno de los episodios más trágicos de la invasión alemana de Bélgica, cuando gran parte de la ciudad fue destruida y cientos de civiles perdieron la vida. Tras la guerra fue reconstruida respetando su identidad histórica y hoy combina ese legado con un atractivo turístico que crece año tras año.
La mejor manera de comprender la importancia de la ciudad es visitar su Ciudadela, construida sobre un enorme peñón que domina todo el valle del Mosa. En su interior, el recorrido permite descubrir siglos de historia militar a través de exposiciones, recreaciones y objetos originales que narran la evolución de esta fortaleza desde la Edad Media hasta los conflictos del siglo XX. Desde sus murallas se obtiene una de las vistas más espectaculares de Wallonia: el río serpenteando entre las montañas, la iglesia de Notre-Dame, el puente Charles de Gaulle y los tejados de Dinant conforman una postal difícil de olvidar.
Muy cerca del centro histórico se encuentra otro de los grandes atractivos de la región: el Castillo de Freÿr, una elegante residencia renacentista considerada uno de los conjuntos patrimoniales más importantes de Wallonia. Habitado por la misma familia desde hace más de veinte generaciones, el castillo sorprende tanto por sus salones históricos como por sus magníficos jardines franceses del siglo XVIII, con fuentes, estanques, naranjos y laberintos de setos perfectamente diseñados. Situado frente a los imponentes acantilados del valle del Mosa, Freÿr ofrece una combinación perfecta de historia, arquitectura y naturaleza. Es una excursión ideal para completar la visita a Dinant.
Después de recorrer la ciudad y sus alrededores, una excelente opción para hacer una pausa es Le Café Ardennais, frente al río Mosa. Además de ofrecer platos típicos de la gastronomía belga y especialidades de las Ardenas, su gran atractivo es la terraza con vistas privilegiadas hacia la Ciudadela y el perfil histórico de Dinant. Sentarse allí, especialmente al atardecer, permite contemplar una de las panorámicas más bellas de la ciudad mientras se disfruta de la gastronomía local.
Antes de despedirse de Dinant, vale la pena caminar por el paseo costero, cruzar el puente Charles de Gaulle –decorado con coloridos saxofones que homenajean al inventor del instrumento, Adolphe Sax, nacido aquí en 1814– y perderse entre las calles adoquinadas repletas de cafeterías, chocolaterías y pequeñas boutiques.

Durbuy: la ciudad más pequeña del mundo, un tesoro medieval en el corazón de Wallonia
Con apenas 37 habitantes dentro de su casco histórico, Durbuy ostenta con orgullo el título de la ciudad más pequeña del mundo. Aunque hoy el municipio reúne a varios miles de habitantes gracias a las localidades que lo rodean, el antiguo centro medieval conserva ese carácter íntimo que lo convirtió en un lugar único. Ubicada en el corazón de las Ardenas belgas, a orillas del río Ourthe, Durbuy parece detenida en el tiempo: callejuelas empedradas, casas de piedra cubiertas de flores y pequeñas plazas crean un escenario de cuento que atrae a visitantes de todo el mundo.
Su historia se remonta a la Edad Media. Debido a su posición estratégica y a la protección de su castillo, se volvió un importante centro comercial. En 1331 recibió oficialmente el título de ciudad por parte de Juan I, conde de Luxemburgo, un reconocimiento que aún conserva y que dio origen a su famosa denominación. A diferencia de otras ciudades europeas que crecieron con el paso de los siglos, Durbuy mantuvo prácticamente intacto su trazado medieval, preservando una atmósfera única que hoy es uno de sus mayores atractivos.
Recorrer Durbuy es una experiencia que invita a caminar sin rumbo. Sus estrechas calles adoquinadas están repletas de tiendas de artesanos, galerías de arte, chocolaterías, cervecerías y restaurantes que ofrecen lo mejor de la gastronomía de Wallonia. Cada rincón sorprende con fachadas de piedra, balcones floridos y edificios históricos que reflejan el encanto de una ciudad que ha sabido conservar su identidad.
Uno de los puntos más emblemáticos es el Castillo de Durbuy, una fortaleza cuyos orígenes se remontan al siglo XI. Aunque actualmente es una residencia privada y no puede visitarse por dentro, su imponente silueta domina el paisaje y constituye una de las imágenes más representativas de la ciudad. A sus pies se extiende un agradable paseo junto al río Ourthe, ideal para disfrutar del entorno natural que rodea a Durbuy.
Namur y la Abadía de Villers: un viaje por la historia de Wallonia
Capital de Wallonia y ubicada en la confluencia de los ríos Mosa y Sambre, Namur es una ciudad que combina el encanto de su casco histórico con la vitalidad de una capital regional. Sus calles peatonales, plazas repletas de cafés y edificios históricos invitan a descubrirla a pie, mientras que su gran emblema es la imponente Ciudadela de Namur, una de las fortalezas más importantes de Europa. Construida y ampliada a lo largo de varios siglos, domina la ciudad desde lo alto y ofrece espectaculares vistas panorámicas del encuentro entre ambos ríos. Sus murallas, túneles y senderos permiten comprender el papel estratégico que Namur desempeñó durante siglos como una de las plazas militares más codiciadas del continente.
Además de su patrimonio, Namur es un excelente punto de partida para explorar otros grandes tesoros de Wallonia. A menos de una hora de la ciudad se encuentra la Abadía de Villers, una de las joyas del patrimonio medieval belga. Fundada en 1146 por monjes cistercienses, llegó a convertirse en la tercera abadía cisterciense más grande de Europa, reflejo del enorme poder e influencia que alcanzó esta orden religiosa durante la Edad Media. En su época de mayor esplendor, el complejo albergó a cientos de monjes y se extendía sobre más de cien hectáreas, por lo que era un importante centro espiritual, económico y agrícola.
Hoy, sus impresionantes ruinas permiten recorrer la antigua iglesia abacial, los claustros, las salas capitulares, las cocinas, las bodegas y los jardines que aún conservan la esencia de aquel monasterio medieval. El conjunto, cuidadosamente preservado, transmite una atmósfera única en la que el silencio, la piedra y la naturaleza conviven en perfecta armonía. Rodeada de senderos y espacios verdes, la abadía también es un lugar ideal para disfrutar de una caminata tranquila y descubrir uno de los rincones históricos más fascinantes de Wallonia.
Liège: el broche de oro para un road trip por Wallonia
Después de recorrer pueblos medievales, castillos, abadías y paisajes de las Ardenas, Liège es el final perfecto del viaje por Wallonia. Cosmopolita, vibrante y siempre en movimiento, la ciudad ofrece un contraste con el resto del recorrido sin perder la esencia de la región.
A orillas del río Mosa, Liège invita a caminar por su casco histórico, descubrir la imponente estación Liège-Guillemins, diseñada por Santiago Calatrava, subir los 374 escalones de la Montagne de Bueren para disfrutar de una de las mejores vistas de la ciudad y hacer una pausa en alguna de sus animadas plazas para probar el famoso gofre de Lieja o las tradicionales boulets à la liégeoise.
Es el destino ideal para cerrar un itinerario por Wallonia: una ciudad donde el patrimonio histórico convive con la arquitectura contemporánea, la gastronomía y una intensa vida cultural. Porque después de descubrir leyendas, fortalezas, jardines y pequeños pueblos de cuento, Liège demuestra que el viaje termina de la mejor manera: con una ciudad llena de energía que invita a volver a Wallonia una y otra vez.


