La capital de Albania atraviesa una de las transformaciones urbanas más interesantes de Europa. Grandes estudios internacionales, edificios experimentales y la recuperación de estructuras de su pasado comunista están convirtiendo a Tirana en un inesperado laboratorio de arquitectura contemporánea.

Durante más de cuatro décadas, Albania permaneció prácticamente aislada del resto del mundo bajo el régimen comunista de Enver Hoxha. Mientras las grandes capitales europeas atravesaban diferentes movimientos arquitectónicos y urbanísticos, Tirana crecía condicionada por un sistema que privilegiaba una arquitectura funcional, austera y fuertemente ligada al modelo socialista.
La caída del régimen a comienzos de los años noventa abrió una etapa completamente diferente.
Tirana era una ciudad atravesada por múltiples capas históricas. A las huellas de su pasado otomano se sumaban la planificación urbana del siglo XX, la arquitectura monumental de influencia italiana y, posteriormente, las construcciones desarrolladas durante el período comunista.

Pero en lugar de intentar borrar esa historia, la ciudad comenzó poco a poco a construir una nueva identidad sobre ella.
Uno de los grandes impulsores de esa transformación fue Edi Rama. Artista antes que político, asumió como alcalde de Tirana en 2000 y convirtió el color en una de sus primeras herramientas urbanas. Fachadas grises de bloques residenciales comenzaron a cubrirse de colores intensos y formas geométricas, en una intervención tan sencilla como provocadora que cambió rápidamente la imagen de la ciudad.

Aquello fue apenas el comienzo.
Con los años llegaron concursos internacionales, nuevos espacios públicos, proyectos de recuperación urbana y una creciente presencia de estudios de arquitectura extranjeros. Tirana comenzó así a convertirse en un territorio de experimentación para algunas de las firmas más reconocidas de la arquitectura contemporánea.
MVRDV, BIG, 51N4E, Stefano Boeri Architetti, Archea Associati y otros estudios internacionales desarrollaron o proyectaron intervenciones capaces de alterar radicalmente el skyline de una capital que hasta hace pocas décadas permanecía prácticamente fuera del radar arquitectónico europeo.
Torres residenciales, edificios de usos mixtos, plazas, espacios verdes y proyectos públicos conviven hoy con construcciones heredadas de diferentes períodos de la historia albanesa.

Uno de los casos más interesantes es la Pirámide de Tirana.
Construida originalmente como museo dedicado a Enver Hoxha e inaugurada en 1988, después de la caída del comunismo atravesó décadas de abandono y diferentes usos. Durante años se discutió incluso su demolición.
Finalmente ocurrió lo contrario.
El estudio neerlandés MVRDV transformó la estructura conservando buena parte de su arquitectura original y abriéndola completamente a la ciudad. Escaleras permiten ahora subir por sus fachadas inclinadas hasta la parte superior, mientras una serie de volúmenes de colores ocupan el interior y los alrededores.
El antiguo monumento dedicado a un dictador se convirtió así en un espacio abierto destinado, entre otras actividades, a educación, tecnología y formación para jóvenes.
La operación resume buena parte de lo que está ocurriendo en Tirana: no borrar necesariamente el pasado, sino transformarlo para construir algo nuevo sobre él.
Y quizás allí esté lo que vuelve a la ciudad especialmente interesante.

Mientras París, Roma, Londres o Viena poseen identidades arquitectónicas consolidadas durante siglos y enormes condicionamientos sobre cualquier nueva intervención, Tirana todavía está definiendo cómo quiere verse en el siglo XXI.
El resultado es una ciudad imperfecta, heterogénea y en permanente construcción, donde edificios comunistas conviven con torres contemporáneas y algunos de los estudios más importantes del mundo encuentran una libertad difícil de conseguir en otras capitales europeas.

Tirana no intenta competir con las grandes ciudades históricas del continente. Está haciendo algo diferente: construir, casi en tiempo real, su propia identidad contemporánea.
Y en ese proceso inesperado, la capital albanesa se convirtió en uno de los lugares más interesantes para observar hacia dónde puede dirigirse la arquitectura europea.


