AFGANISTÁN: LA HISTORIA DE UN PAÍS QUE BORRÓ A SUS MUJERES

Hace apenas medio siglo, las mujeres afganas estudiaban en universidades, votaban y trabajaban como médicas, juezas, periodistas y profesoras. Kabul era una capital que miraba hacia la modernidad y donde la igualdad parecía formar parte del futuro. Hoy, bajo el régimen talibán, Afganistán es el único país del mundo donde las niñas tienen prohibido asistir a la escuela secundaria y las mujeres no pueden acceder a la universidad.

Para gran parte del mundo, Afganistán es sinónimo de guerra, extremismo religioso y opresión. Sin embargo, esa imagen cuenta apenas una parte de su historia.

Durante buena parte del siglo XX, especialmente en las grandes ciudades, el país atravesó diferentes procesos de modernización que transformaron profundamente la vida de las mujeres. En Kabul, durante las décadas de 1960 y 1970, estudiaban en la universidad, ejercían como médicas, juezas, periodistas y docentes, participaban de la vida pública y tenían una libertad sobre su forma de vestir que hoy resulta difícil de imaginar.

Las fotografías de aquella época parecen pertenecer a otro país.

Los primeros grandes avances habían comenzado décadas antes. Entre 1919 y 1929, el rey Amanulá Khan impulsó reformas que promovieron la educación femenina, abrieron escuelas para niñas y buscaron combatir los matrimonios forzados. La resistencia de los sectores más conservadores fue feroz y muchas de aquellas medidas fueron revertidas tras su caída.

Años después, Afganistán retomaría progresivamente el camino de la apertura. Durante el reinado de Muhammad Zahir Shah se expandió la educación y aumentó la participación femenina en la vida pública. En 1964, las mujeres obtuvieron el derecho al voto.

Los cambios continuaron durante las décadas siguientes, aunque nunca lograron consolidarse de la misma manera fuera de los grandes centros urbanos. La invasión soviética de 1979, la guerra y una creciente inestabilidad política terminarían destruyendo gran parte de aquel proceso.

LA LLEGADA DE LOS TALIBANES

Cuando la Unión Soviética retiró sus últimas tropas en 1989, Afganistán estaba devastado. Las distintas facciones muyahidines que habían combatido contra los soviéticos comenzaron a enfrentarse entre sí y Kabul se convirtió en un campo de batalla.

En ese escenario surgió el movimiento talibán. Liderado por el mulá Mohammad Omar, prometía terminar con la corrupción y devolver el orden mediante una interpretación ultraconservadora de la ley islámica.

Su avance fue vertiginoso. El 27 de septiembre de 1996 tomó Kabul y proclamó el Emirato Islámico de Afganistán.

La transformación fue inmediata. La música fue prohibida, el cine y la televisión prácticamente desaparecieron y las ejecuciones públicas regresaron a plazas y estadios. Pero fueron las mujeres quienes sufrieron las consecuencias más profundas del nuevo régimen.

Se les prohibió estudiar, trabajar fuera del hogar y circular libremente. El burka se convirtió en símbolo de un sistema que pretendía controlar prácticamente todos los aspectos de su existencia.

En cuestión de meses, décadas de avances desaparecieron.

El primer régimen talibán cayó en 2001, después de los atentados del 11 de septiembre y de la posterior intervención militar liderada por Estados Unidos.

Durante los veinte años siguientes, millones de niñas regresaron a las escuelas. Las mujeres volvieron a las universidades, al mercado laboral, al Parlamento, a los tribunales, a los medios de comunicación y a la administración pública.

Pero los talibanes nunca desaparecieron.

El 15 de agosto de 2021, mientras Estados Unidos y la OTAN completaban su retirada, volvieron a entrar en Kabul. El gobierno afgano colapsó y las imágenes de miles de personas intentando escapar desesperadamente desde el aeropuerto recorrieron el mundo.

Los nuevos líderes prometieron inicialmente respetar determinados derechos de las mujeres. Duró poco.

Primero impidieron que las adolescentes regresaran a las escuelas secundarias. En diciembre de 2022 llegó la prohibición de asistir a las universidades. Afganistán se convirtió así en el único país del mundo que excluye a niñas y mujeres de la educación secundaria y superior.

Pero la educación fue solamente el comienzo.

Las mujeres fueron apartadas de gran parte de la administración pública y del mercado laboral. Periodistas, juezas, fiscales, profesoras y deportistas perdieron sus trabajos. Se restringió su posibilidad de viajar, practicar deportes, ingresar a parques y espacios recreativos y trabajar para numerosas organizaciones humanitarias.

Miles de salones de belleza fueron clausurados, eliminando además uno de los pocos espacios de trabajo, independencia económica y encuentro entre mujeres que todavía sobrevivían.

Las normas sobre vestimenta y movilidad se endurecieron y la figura del mahram —un familiar varón cercano— volvió a condicionar numerosos desplazamientos y actividades.

El proceso ya no parecía destinado simplemente a limitar derechos. Su efecto era mucho más profundo: hacer desaparecer progresivamente a las mujeres de la vida pública.

Organismos internacionales y especialistas comenzaron a recurrir a una expresión contundente para describir esta realidad: “apartheid de género”.

“Recibir una educación es un derecho muy básico para un ser humano, pero las mujeres y niñas no tenemos este derecho en nuestro país.”

— Jamila, directora de escuela

UN PAÍS SIN MUJERES

La dimensión más inquietante de lo que ocurre en Afganistán no está solamente en cada prohibición, sino en su efecto acumulativo.

Una niña que no puede continuar estudiando tampoco puede convertirse en médica, arquitecta, profesora, periodista o jueza. Si además se limita su capacidad de trabajar, desplazarse, practicar deportes, relacionarse y participar de la sociedad, su futuro queda progresivamente reducido al espacio privado.

“Sólo veo las paredes que me rodean. Ni siquiera puedo salir de casa. ¿Esto es vida?”

— Zohra, abogada

La pérdida de educación e independencia económica aumenta también la dependencia familiar y la vulnerabilidad frente a la pobreza y los matrimonios forzados.

El resultado es difícil de dimensionar: una generación completa de niñas está creciendo sabiendo que muchas de las posibilidades que alguna vez tuvieron sus madres o abuelas ya no existen para ellas.

Hace cincuenta años, las fotografías de Kabul mostraban jóvenes caminando hacia la universidad, mujeres trabajando en hospitales y profesoras frente a sus alumnos.

Hoy esas imágenes parecen documentos de una realidad imposible.

No lo son.

Son la prueba de que Afganistán alguna vez recorrió otro camino. Y quizás por eso resultan todavía más perturbadoras: porque demuestran que los derechos que parecen conquistados para siempre también pueden desaparecer.

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