Hace casi 20 años, Rodolfo Meneses, conocido como el renombrado mimo Tuga, optó por hacer de la calle su principal escenario, iniciando así una destacada carrera a nivel mundial. Su talento y tenacidad han llevado su arte y su personaje a lugares tan emblemáticos como la final del Mundial de Rugby en 2023 y próximamente a las Olimpiadas de París.

La escena es inconfundible: en una esquina muy concurrida de Valparaíso una multitud se reúne, atraída por algo que les hace reír sin parar. En el centro de esta algarabía, un mimo flaco, muy alto y vestido de un vibrante color naranja realiza pantomimas, imitando a los transeúntes, deteniendo autos, subiéndose a camiones y buses, y haciendo que los conductores toquen sus bocinas. El ambiente es de pura alegría y complicidad entre el público improvisado y el mimo, cuyas intervenciones graciosas transforman la ciudad en su escenario. Lo sorprendente es la conexión total que establece con la gente, mostrando un talento innegable y desplegando una amplia gama de recursos histriónicos.

Esta escena no es exclusiva de Valparaíso; se repite en ciudades de los cinco continentes. Y el protagonista es Tuga, el mimo chileno más famoso del mundo. Con estudios y preparación en pantomima, teatro, danza clásica y folclórica, además de violín, entre otros, Rodolfo Meneses (40), lleva casi dos décadas transformando la calle en un escenario vivo. Cada gesto y actuación invita a los transeúntes a detenerse, observar y descifrar los signos de su entorno, enriqueciendo así la experiencia urbana.

Su historia es una narración de pasión y perseverancia que comenzó el año 2000, cuando con apenas 16 años se encontraba trabajando como empaquetador en un supermercado de Santiago. Su alegría y buen humor le valieron ser elegido para vestirse de mimo y entregar flores en el Día de la Madre. Esta experiencia, aunque sencilla, marcó un antes y un después en su vida. Junto a su hermano, salió a la calle en busca de risas y juegos, encontrando en los mimos callejeros de la Plaza de Armas a sus primeros maestros.

La búsqueda de perfección llevó a Rodolfo a Buenos Aires, donde se formó en el arte de la gestualidad, para luego regresar a Chile y dar vida al personaje de Tuga en 2005, en la Plaza Victoria de Valparaíso. El nombre “Tuga” proviene de “Tortuga”, un apodo de su adolescencia que transformó en símbolo de resiliencia y humor. Su característico maquillaje está inspirado en los Animaníacs, dibujos animados de su infancia, y su llamativo vestuario naranja refleja los colores vibrantes de los trabajadores del puerto.
Desde 2011, Rodolfo ha contado con el apoyo invaluable de su compañera Marión, quien ha sido fundamental en la producción y profesionalización de su trabajo. Actualmente residen en Francia, donde juntos han recorrido un camino de amor, perseverancia y esfuerzo constante, aprendiendo a ser dueños de sus decisiones y a valorar el reconocimiento que el mundo de la calle les ha otorgado.
Dejaste Santiago a los 18 y te fuiste a Valparaíso, ¿por qué, qué significa esta ciudad para ti?
Valparaíso vio nacer a Tuga. Se generó algo tan bello con la ciudad y sus habitantes que sumamos valor al arte callejero. Tuga se convirtió en un evento de fines de semana, un panorama familiar, un respiro de risa y alegría, en la calle y de libre acceso. Tengo miles de historias con Valpo y su gente. Me fueron a buscar a la comisaría varias veces, me apoyaron en pandemia participando en las actividades que inventaba para salir adelante… Es imposible describir el inmenso cariño y sentido de identidad que logramos con la ciudad. Aunque ahora viva en Francia, siempre volveré porque Valparaíso se convirtió en mi hogar.

¿Desde siempre consideraste que la calle era el entorno perfecto para expresar libremente tu personaje?
Siempre me gustó la calle. Me encanta ese desafío de hacerse un espacio entre la ciudad, modificar las relaciones de las personas con el espacio que habitan. Me fascina esta posibilidad de darle otro significado a un espacio marcado por la monotonía o incluso la violencia, y llenarlo de risas y juegos colectivos. La calle es un espacio democrático, por lo que todas y todos pueden ser parte, sin discriminación por situación económica, sexo o religión. Los demás espacios (teatro, circo, estadio…) aparecieron en el camino y me han permitido tomar altura con mi trabajo en el espacio público. Pero mi primer y gran amor sigue siendo la calle.

¿Cuánto tiempo te llevó construir tu personaje exactamente como lo querías o lo habías imaginado?
Creo que Tuga está en constante crecimiento y es algo que no va a parar. Cada encuentro con artistas, cada nuevo país que visito, cada evento especial donde mi invitan a crear algo nuevo… Todo va sumando al personaje. Es como una obra de arte que jamás terminaré, pero que cada día me gusta más.

¿Cómo logras transitar de manera instantánea entre un mimo irreverente y descarado a uno tierno y entrañable, manteniendo esa versatilidad camaleónica en tus actuaciones?
Es justamente lo que me encanta de Tuga, y es como lo he visualizado siempre. Pasar de emociones opuestas en un abrir y cerrar de ojos. Esto se consigue viviendo el momento presente del juego, como un niño que puede pasar del llanto a la risa de forma inmediata.
¿La observación de las reacciones de los espectadores ha contribuido en la creación de tu personaje Tuga?
Tuga es como una esponja que absorbe un poco de cada lugar donde se presenta. El humor es muy cultural y refleja mucho sobre cómo es una sociedad. Los límites van variando de un país, una región o una cuidad a otra, y una vez que los conoces, puedes empezar a jugar con ellos e incluso intentar correrlos.
Tienes una especie de sexto sentido que te permite adaptarte y salirte del guion para improvisar con humor ante situaciones inesperadas. ¿Cómo se logra?
He heredado de mi familia la capacidad inagotable de gozar, bailar y festejar. Las ganas de jugar y pasarlo bien proveen por si solas así como la creatividad para improvisar y transformar cualquier oportunidad en un momento único de comicidad. Llevar este espíritu de libertad a la calle, domarlo y darle forma de espectáculo es la parte que más trabajo y disciplina me costó.
En el espacio público, siempre hay que tomar decisiones. La calle es un escenario vivo: lluvia, calor, un perro, un borracho, una persona malhumorada, un accidente cercano… Hay muchas variables que pueden pasar durante esos minutos del espectáculo. Por lo que cada vez que actúo, debo estar muy conectado conmigo mismo, con el público y con la situación del momento presente. Con los años desarrollé esa capacidad de improvisar, sumar o restar en cada juego, sin perder la conexión.
¿Dependes más de la improvisación o prefieres seguir un guion establecido?
Es un mezcla de ambos, generalmente mis espectáculos tienen una trama en la cual ya he definido los juegos que quiero realizar, el orden de las acciones y el mundo de fantasía: “Tuga en la playa”, “Tuga en el medio de los autos en un cruce peatonal”, “Tuga en el Mundial de Rugby”, etc.… Luego al invitar al público a jugar, conecto y me dejo también llevar por él. Es esta improvisación, que hace que mi trabajo sea fresco y la risa, auténtica.
¿Cómo te ayudó tu formación en la escuela de mimo en Buenos Aires en tu carrera, y de qué manera se integraron esas enseñanzas con tus experiencias en la calle?
Desde el año 2000, empecé a jugar en las calles, a experimentar e investigar: intentar, fallar y volver a intentar. Este proceso aumentaba mi deseo de mejorar, aprender y crecer, buscando vivir de mi pasión. Sin embargo, comprendí que mis habilidades y sentido del humor, aunque importantes, no bastaban para realizar mi sueño de viajar por el mundo con mi arte callejero. Por eso decidí viajar a Buenos Aires y formarme con los maestros Roberto Escobar e Igon Lerchundi, quienes me proporcionaron las herramientas necesarias para canalizar mi energía interna y expresar emociones a través de gestos claros y precisos. Gracias a ellos, mi personaje adquirió profundidad y aprendí a hacer “más con menos”, una lección fundamental de la escuela. Descubrí que el arte del mimo no solo pertenece al escenario, sino que se extiende a la vida misma.

Has tenido incontables encontrones con Carabineros por desarrollar tu arte en la calle. ¿Cómo han moldeado estas experiencias tu visión del espacio público como un escenario legítimo para el arte y qué lecciones aprendiste de estas confrontaciones?
Bueno, lamentablemente es una realidad que en Chile no exista un apoyo en temas de legislación que permita proteger, apoyar y difundir el arte de calle. La administración del espacio público depende de las Municipalidades, las cuales muchas veces no entienden la importancia de los espectáculos de este tipo, y tampoco cuentan con espacios públicos diseñados para esto. Salvo Valparaíso, donde sí logramos levantar un ordenanza municipal que entiende de verdad las problemáticas del oficio de los y las artistas callejeras, generando un pacto social entre artistas y ciudadanía y permitiendo que la calle siga siendo un espacio de expresión y formación artística.
Esta falta de visión al nivel nacional y de marco, que sea legal o teórico, deja nuestra suerte entre las manos del carabinero de turno. Y es la razón por la cual se viven situaciones injustas y tristes cada día en Chile. Me parece que poco a poco se va entendiendo un poco más, pero se necesita mucha voluntad política para darle el verdadero valor al arte de calle en nuestro país.

¿De qué manera crees que podría desarrollarse el arte en el espacio público en Chile y qué pasos deberían tomarse para que sea reconocido y apoyado institucionalmente?
La falta es abismante: formación, reconocimiento, legalización, difusión… Hay que intervenir en todos los niveles. Y para no hacer lo que se suele hacer, es decir, mirar la copia del vecino europeo o estadounidense y replicar sin criterio, se tendría que empezar con caracterizar nuestro sector, desde los mismos artistas, hasta las instituciones, las municipalidades y los espacios públicos que se usan hoy para las expresiones artísticas.
En base a esta información se puede empezar a trabajar en unas políticas culturales pertinentes para las artes callejeras en Chile, junto con la comunidad artística.
Por mi parte, unas pistas a explorar serían: Otorgar un reconocimiento a los artistas callejeros desde la ley, replicar la ordenanza de Valparaíso en todas las municipalidades de Chile, atribuir un presupuesto a las Municipalidades para rediseñar las plazas públicas considerando la expresión y la práctica artística, y para contratar funcionarios que puedan dedicarse a administrar las actividades culturales en sus espacios públicos. Además, pensar en el estatuto del artista como trabajador del arte, explorar el espacio público dentro de las carreras teatrales de las universidades, financiar escuelas populares de arte de acceso democrático, rever las mallas curriculares en las formaciones de producción artística que están actualmente enfocada en una visión exclusivamente comercial de las artes, entre otras cosas… Con Marión, podríamos escribir un libro sobre el tema.
¿Cuáles son algunos de los premios más importantes que has obtenido con tu personaje y cómo han impactado tu carrera artística a nivel nacional e internacional?
Sin duda el más importante, no solo por quien me hizo el reconocimiento, sino también en el momento en el que llegó, es la carta que me escribió Geraldine Chaplin, hija del gran maestro Charles Chaplin, luego de verme desde el balcón de su casa en Madrid, el año 2008, en mi primera gira por Europa. Me compara con su padre con frases como “Es como si su alma nos visitara”. En ese entonces, todavía era muy intuitivo y caótico. Su reconocimiento selló en mí una motivación inquebrantable y dio un empujón gigante a mi carrera.
Otro premio del que me siento muy orgulloso es la Pista de Oro, del festival Internacional de Circo de Chile, que organiza el sindicato de artistas circenses. Fue un gran desafío presentarme ante la gran familia del Circo de Tradición, la que se conoce al derecho y al revés todas las rutinas de payaso. Jamás olvidaré estas risas generosas y amistosas que escuché este día bajo la carpa. Este premio me dio el pie para entrar en algunos de los festivales más prestigiosos del Circo Mundial, como Festival del Circ en Girona, España o el Festival IDOL en el Great Circus Bolshoi de Moscú, Rusia.
Háblanos de la conexión que tienes con el público y qué técnicas has desarrollado para mantener ese vínculo, así como la concentración frente a audiencias tan diversas alrededor del mundo
La conexión con el público es la clave de mi trabajo. Cualquier cosa que suceda, cualquier situación o idea que quiera poner en escena, si no hay conexión, no pasa mucho. Para generar experiencias que quedarán en la memoria del público, y en la mía, hay que vivirlas desde las emociones. Y mi forma de entrenarla, es no perder la tranquilidad. Si no estoy tranquilo, no me escucho a mí y tampoco al público. Nunca creer que tengo al público ganado, recordar que cada función es única, mantenerse concentrado… Todo eso lo repito como un mantra antes y durante la función.
En 2017 te presentaste con la obra “Mis primeras cuatro estaciones” en el Teatro Municipal de Santiago, ¿Cómo lograste trasladar la esencia democrática y accesible del arte de calle a este entorno?
Había pasado muchas veces por fuera del Teatro Municipal de Santiago y lo veía como algo lejano, jamás me hubiera imaginado ser parte de un elenco y vivir la experiencia que fue “Mis primeras cuatro estaciones”. La esencia misma del programa del Pequeño Municipal es justamente hacer de la ópera un arte más democrático y accesible, dirigido a niños y niñas. Por eso también acepté sin pensar la invitación de la directora Christine Hucke. No tuve mucha implicancia en la creación, más bien me concentré en seguir la dirección en cada ensayo y darle vida al personaje. Tuga era un cartero que le llevaba una encomienda a Vivaldi, al abrirla, salía el primer violín de la orquesta sinfónica y comenzaba el concierto. Vivaldi le mostraba su obra al cartero Tuga y así viajábamos a través de sus cuatros estaciones. Fue realmente una experiencia muy especial, tanto por lo que significa llegar a una escena como está y también poder trabajar con todo un equipo de profesionales de este nivel: vestuaristas, técnicos, músicos… Mi momento favorito fue el “pas de deux “junto a la bailarina Jocelyn Berríos, quien tuvo la gentileza de darme clases de danza clásica, la cual había practicado un poco, mucho años antes. Volvería a participar en una producción de estas características feliz.
Has presentado tu arte en Europa, Asia y Latinoamérica. En el contexto de tu trabajo, donde el lenguaje verbal no es el protagonista, ¿has notado diferencias en sus reacciones, o es similar a pesar de las barreras culturales y lingüísticas?
Lo genial de no hablar, es que a través del lenguaje del gesto me puedo comunicar en cualquier lugar del mundo, sin embargo, el humor responde a la idiosincrasia de un pueblo. Mientras más conozca de esta, mejor es mi llegada y conexión con el público. En occidente las diferencias son mínimas, pero en Oriente, específicamente China, no lograba enganchar. Fue como en la tercera función que comencé a comprender un poco. Todo está en observar los comportamientos y probar, una y otra vez, hasta que la magia sucede. Siempre trato de conocer e impregnarme lo más posible de la cultura del lugar que visito, a través de su música, sus costumbres, su religión, su comida y su forma de festejar.
2023 fue un año impresionante para ti, actuando en festivales de Francia, Canadá, España, Portugal y Suiza, además de la final de Rugby. ¿De qué manera estas experiencias enriquecieron tu trabajo?
Es verdad, fue un año increíble, crucé nuevas fronteras y descubrí nuevos escenarios. Todo esto me hace muy feliz. Son muchos años de vida invertidos en la risa callejera. La copa mundial de Rugby fue un evento sin comparación de todos los que he participado: 80 mil personas en el Stade de France, el estadio más grande de Francia. Me preparé casi un año, jugando todos los viernes con el equipo de Rugby de la ciudad donde vivo aquí en Francia. Aprendí sus códigos, me impregné de ese mundo, y durante cinco partidos, incluyendo semifinales y la final, le di rienda suelta al “Tuga Rugbista”. La aceptación del público fue muy buena y demasiado participativa. Este evento en especial me llenó de energía creadora, darme cuenta de que mi personaje “Tuga” tiene aún más para entregar fue inspirador para seguir empujando nuestro proyecto.
Y este año ha sido similar, pero con bonus extra en las próximas olimpiadas ¿Qué significa para ti llevar tu talento a un evento de tal magnitud y cómo te estás preparando para este gran acontecimiento?
Cierto, 2024 comenzó a fuego, me reencontré con mi equipo y familia en Chile. Mi querido compañero de aventuras Pacoyaso, se encargó del sonido de cada espectáculo, pude disfrutar de la presencia de mi hijo mayor, que nos hizo destacar en las redes sociales y mi hermano se sumó como técnico. Fue una gira inolvidable, llena de emociones, anécdotas y familia. 32 funciones en un mes y medio, 15 de las cuales fue en el marco del Festival Internacional de Teatro, Santiago a Mil, donde por las casualidades de la vida, una compañía programada que venía de Estados Unidos no pudo llegar al festival y me llamarón a mi para cubrir esas funciones a último minuto. Esto me permitió presentarme en diversas comunas de Santiago y descubrir nuevos públicos. También estuvimos en Valparaíso. Tuga llegó en una lancha, directo al muelle Pratt, a encontrarse con el público que lo vio nacer. Hubo mucho cariño. Fue realmente emocionante.
Ya aquí en Francia, comencé la gira y no pararemos hasta octubre. Tenemos lleno el calendario con festivales y actividades callejeras. Francia, España e Italia nos recibirán para jugar y reír. Sin duda la actividad que destaca este año es la participación del Tuga en los Juegos Olímpicos de París 2024. Pero shhhh… No arruinemos la sorpresa. Lo que sí les puedo contar, es que hay Tuga para rato, de Valparaíso al mundo.
Por Francisca Vives K.


