NIKSEN: EL LUJO DE NO HACER NADA

El niksen, la filosofía holandesa que nos invita a detener el tiempo.

Hay palabras que contienen universos enteros, y niksen es una de ellas. En los Países Bajos, este término nombra un gesto tan simple como subversivo: no hacer nada. Lejos de la apatía, es un acto consciente, casi un arte de la pausa. Un respiro que interrumpe la inercia del día y se convierte en una forma de estar en el mundo. Así, los neerlandeses han hecho del descanso un patrimonio cultural, un modo de habitar el tiempo sin someterlo.

Quizás lo más parecido al niksen que tengamos en el mundo latino sean nuestros abuelos: esos que se sientan al sol en una plaza o frente a la ventana, observando la vida pasar sin apuro. Ese instante de quietud, donde no se busca nada más que estar, contiene el mismo espíritu que en los Países Bajos se ha convertido en una filosofía de vida.

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Los neerlandeses, considerados entre las poblaciones más felices del mundo, cultivan desde la infancia un equilibrio entre trabajo, ocio y bienestar. Suelen tener jornadas laborales más cortas y una vida cotidiana menos gobernada por la productividad. En ese contexto, niksen no es pereza ni procrastinación, sino un gesto deliberado: detener la vorágine, apagar el piloto automático y permitir que el tiempo fluya sin objetivos ni metas. Es mirar por la ventana, recostarse en un sillón, dejar que los pensamientos se acomoden y que la imaginación encuentre su propio cauce.

A woman relaxes on a small balcony hammock chair with potted plants

Un remedio contra el desgaste

La Organización Mundial de la Salud reconoció hace poco el burnout como una condición asociada al trabajo. Estrés crónico, agotamiento físico y mental, sensación de vacío: síntomas que se han normalizado en oficinas, hogares y ciudades. En Chile, el estudio Laborum 2024 reveló que un 89 %por ciento de los trabajadores presenta signos de síndrome de burnout, con altos niveles de cansancio emocional y estrés que deterioran el bienestar general.

En medio de esa cultura de la hiperconexión y la inmediatez, el niksen se presenta como un bálsamo. Su poder radica en la simpleza: no requiere retiros espirituales, viajes exóticos ni aplicaciones de meditación. Solo exige voluntad para detenerse y concederse un espacio propio.

Diversos estudios han demostrado que los momentos de divagación libre permiten que el cerebro se reorganice, que se fortalezcan los procesos creativos y que disminuya la ansiedad. Aquello que solíamos llamar “perder el tiempo” se revela, en realidad, como una inversión silenciosa en bienestar.

Annette Lavrijsen, periodista neerlandesa y autora del libro Niksen. El arte neerlandés de no hacer nada, cuenta que durante su infancia esta palabra tenía una connotación negativa. “Cuando era joven, mis padres me regañaban si me veían sin hacer nada; niksen era sinónimo de vagancia. Hoy, entiendo que esos momentos eran necesarios para ser una persona más equilibrada y feliz”, reflexiona. Su libro propone una guía sencilla para reconectar con la quietud, recordando que el poder de no hacer nada puede ser profundamente transformador.

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Aprender de quienes saben detenerse

En los Países Bajos, el niksen convive con otro término, gezelligheid, que se traduce como un ambiente acogedor, relajado y sin pretensiones. Es el clima que antecede al descanso: encender una vela, salir a caminar sin rumbo, leer sin mirar el reloj o simplemente estirarse en una hamaca mientras el cielo cambia de color. Si algo tiene propósito o productividad, deja de ser niksen.

Lavrijsen distingue esta práctica de otras tendencias contemporáneas. No es meditación, porque no implica concentración plena; no es mindfulness, porque no exige atención absoluta al presente. Es, más bien, el permiso de quedarse inmóvil, dejar que la mente vague, regalarse tiempo sin meta.

Un ejercicio propuesto por la autora consiste en anotar, del 1 al 10, las actividades cotidianas que más felicidad nos generan. El resultado suele ser revelador: pocas veces dedicamos tiempo a lo que realmente nos nutre. El niksen nos invita justamente a eso: a volver a priorizarnos.

El nuevo lujo

En una cultura saturada de agendas infinitas, detenerse se ha convertido en un lujo. Y ese lujo ha empezado a ser literal. En los últimos años, la industria de la hospitalidad ha descubierto en el descanso un nuevo horizonte de sofisticación. El llamado sleep tourism —–viajes dedicados exclusivamente a dormir, desconectar y recargar energía—– crece cada temporada.

Hoteles boutique y cadenas internacionales diseñan programas centrados en la recuperación del sueño: cortinas blackout perfectas, menús de almohadas, sesiones de yoga lunar, tratamientos de spa orientados al descanso profundo. En Santiago, Viña del Mar o Pucón ya se multiplican las ofertas para quienes buscan escapar de la fatiga urbana con una noche reparadora en un entorno cuidado.

Sin embargo, incluso en esos programas de lujo, el corazón de la experiencia sigue siendo el mismo: concederse el derecho a no hacer nada. Dejar que el cuerpo y la mente se liberen de la exigencia y encuentren su propio ritmo.

Una práctica cotidiana

Incorporar el niksen a la vida diaria no requiere grandes transformaciones. Basta con pequeños gestos: observar las nubes desde la ventana, caminar sin destino, apagar la computadora cinco minutos antes o disfrutar de un café sin mirar el teléfono.

La clave está en normalizar la pausa y despojarla de culpa. En entrenar ese “músculo” de la inactividad que tanto cuesta ejercitar en sociedades que premian la hiperactividad. El niksen no busca evadir responsabilidades, sino convivir con ellas desde otro lugar.

En neerlandés existe otra palabra: gunnen, que significa desearle algo bueno a otro sin esperar nada a cambio. Lavrijsen sugiere aplicarla hacia uno mismo: darse permiso para descansar, para no responder mensajes, para cerrar los ojos sin un motivo. En ese gesto hay belleza, porque nos recuerda que somos más que nuestras listas de tareas; que el valor de un día no se mide en correos enviados ni en metas cumplidas, sino en la capacidad de detenerse y contemplar.

En la era del cansancio global, donde la conexión permanente se confunde con éxito, la invitación del niksen resuena con fuerza: redescubrir la quietud, aceptar el silencio, valorar lo simple. No se trata de un manifiesto contra la modernidad, sino de un recordatorio: la vida también ocurre en los espacios intermedios, en la mirada perdida, en el pensamiento que viaja sin rumbo.

Quizás allí radique el verdadero lujo contemporáneo: en darnos la libertad de no hacer nada y descubrir que, en esa pausa, ocurre todo.

Por Francisca Vives K.



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