🇨🇱 JUAN YARUR: “EL DOLOR ME ENSEÑO A VIVIR”

El coleccionista de arte y filántropo chileno habla sobre el dolor físico que lo transformó, la paternidad, la jardinería como nuevo lujo y el valor de envejecer en paz.

Juan Yarur habla de su cuerpo, del miedo y de la paternidad, pero también de jardines, canas y del privilegio de envejecer. Esta entrevista —entre amigos— me sorprendió por la calma con la que hoy enfrenta la vida, después de meses marcados por el dolor físico, la reinvención y un cambio de ritmo radical. Una conversación íntima y descarnada sobre soltar el ego, sobrevivir al sufrimiento y encontrar belleza en lo cotidiano.

La última vez que lo entrevisté fue hace más de ocho años, cuando Juan era otro: un coleccionista de arte y filántropo que brillaba con intensidad, acostumbrado a estar en todas las portadas. Hoy me encontré con un hombre distinto: más canoso, más tranquilo, más pausado. Esta es la slow life de Juan Yarur.

Las canas y el paso del tiempo

—Quiero hablar de tus canas. Encuentro que te quedan demasiado bien.
Me pasó que estaba en un funeral y pensé: ¿Qué tan desesperado estoy por detener el paso del tiempo?

—¿Qué tan desesperado estabas?
Me teñía cada 10 o 12 días, y el resultado se veía más o menos natural. Pero siempre había un par de canas rebeldes que delataban el tinte. Nunca me ha gustado dejarme las canas, pero ya no quiero seguir peleando tanto con ellas. Igual ha sido un descanso.

—¿Sientes que fue un proceso?
Sí, pero uno muy lindo.

—¿Y te sientes distinto ahora?
Sí. Las canas son un reflejo de lo que me está pasando, quizás.

—¿Y cómo llegó ese reflejo?
En octubre una enfermera me pinchó mal y tuve una serie de dolores neurálgicos pequeños. Uno me paralizaba, me dejaba parado de un segundo a otro. Me agarraba las piernas y no me podía mover.

El dolor y el diagnóstico inesperado

—¿Cómo empezó todo?
Fue en octubre. Me empezó este dolor. Me habían inyectado mal. Me quedó como una molestia.

—¿Y cuánto duró ese dolor?
Tres meses. Haciéndome exámenes, olvídate. Tres doctores. Campos magnéticos, resonancias, todo. No aparecía ningún diagnóstico concluyente y yo me desesperaba cada vez más.

—¿Y tú cómo estabas?
Estaba mal. No podía ni sentarme. Teníamos que ir a Roma con Felipe. Y tres días antes se desencadena un dolor inexplicable, horrible. Los viajes largos se convirtieron en una pesadilla. Incluso los cortos eran terribles. Nunca sabía cuándo me iba a doler. Era impredecible.

—¿Qué hiciste?
Empecé a caminar. Era lo único que me ayudaba. Caminar me curaba.

—¿Qué tan mal estuviste?
Estuve a punto de quebrarme.

—¿Y qué pasó entonces?
Justo antes de un viaje, fui donde un especialista en dolor. Me miró y me dijo: “Tú no tienes lo que te están diciendo. Tú no tienes un encapsulamiento”.

—¿Qué era entonces?
Me dijo: “Tú tienes síndrome miofascial del piso pélvico”, son los músculos interiores de la cadera que irradian dolores en distintas partes del cuerpo.

La paternidad, la culpa y la reinvención

—¿Cómo afectó este dolor a tu vida como papá?
No podía ni llevar a los niños a los juegos. Me dolía.

—¿Y cuándo sentiste que empezabas a sanar?
La primera vez que pude subirme al auto para llevar a los niños a los juegos de Laguna, cerca de Zapallar, sentí que algo cambiaba. Ahí me di cuenta de que me estaba exigiendo demasiado, intentando curarme de todo al mismo tiempo. Entonces paré. Solté las canas. Fue como decir: estoy peleando demasiadas batallas.

—¿Y eso a qué te llevó?
A elegir mis batallas. Lo que más me importa son mis hijos, y me di cuenta de eso ese día, cuando los llevé a los juegos. Creo que, al final, lo que va a quedar en sus recuerdos es que compartimos momentos, que hicimos cosas juntos.

—¿Sientes culpa?
Claro, porque a mí me mandaban a Fantasilandia con los empleados. Y yo no quiero repetir ese patrón. Soy papá para ser papá.

El jardín, el nuevo lujo

—¿Y cómo llegaste a la jardinería?
No sé cómo se fueron dando las cosas. Llegó el dolor, luego llegó el jardín. Yo nunca había tenido jardín y de pronto estaba con las manos en la tierra, feliz de conectarme con lo natural.

—¿Qué buscabas en este nuevo hobby?
Algo más floral. Quiero el circo Timoteo en el jardín.

—¿El circo Timoteo?
Sí. Porque es feliz. Porque no tiene que aparentar nada. Está la rosa metida con la cala, mezclo de todo. La señora que vino a enseñarme me dijo: “Jamás he visto una cosa así. Estás mezclando cosas que no se juntan ni pegan y te está resultando”.

Les pongo música a las plantas. Les digo: “Tú eres linda. Eres preciosa”. Estoy un poquito rayado, sí. Pero en buena.

—¿Tu familia te acompaña en esto?
La Cora (su hija mayor) sí. Plantó una flor preciosa el otro día. Siempre corta la más linda y yo le digo: “Tú eres la flor más linda de mi jardín”.

—¿Sientes que la jardinería es tu nuevo lujo?
Temu y las plantas. Antes compraba McQueen. Ahora compro botas de jardinero por Temu.

La fama, el ego y la calma

—¿Te gusta la vida que tienes ahora? ¿Estás más feliz que antes?
Estoy mucho más feliz. Antes todavía seguía con un poquito de susto, extrañaba el éxito.

—¿El éxito en qué sentido?
El mundo del arte, hacer cosas que sean mías, que me llenen. Hacer becas, proyectos. Sentía que había dejado de ser yo. De alguna forma, haber dejado de ser estrella.

—¿Y el dolor qué te enseñó?
Me limpió. Me enseñó a ir más lento, a priorizar, a dejar de responder los 400 chats. A tomarme un café en polvo y agradecer.

—¿Y la fama? ¿La echaste de menos?
Sí. Pero ahora todas las fotos son con la Cora, con Cirilo. La fama se fue. Pero me da lo mismo.

—¿Igual te da miedo envejecer?
Sí. Pero no estoy diciendo que voy a envejecer con dignidad. En ningún caso. Nunca fui lindo. Puedo ser atractivo, pero no fui lindo. Quiero verme lo mejor posible. Para sentirme bien. Para no tener inseguridades. Pero no para transformarme en otro.

—¿Te sientes en un buen momento?
Sí. Estoy en paz. Y eso es un lujo.

Hoy, Juan Yarur no busca reflectores ni portadas. Busca paz, familia, rutinas simples y el lujo de agradecer lo cotidiano. Después del dolor, dice, se convirtió en una mejor persona. Y en esa transformación, encontró la belleza de vivir.

Por Fernanda Álvarez C.

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