OKUDA SAN MIGUEL: 30 AÑOS REINVENTANDO EL ARTE CONTEMPORÁNEO

Entre geometría, color y nuevas formas de habitar la obra, el artista madrileño celebra tres décadas de trayectoria con la mirada puesta en el futuro, expandiendo su universo hacia la arquitectura, la tecnología y las experiencias inmersivas.

Hablar de Okuda San Miguel es hablar de un lenguaje visual capaz de atravesar fronteras, formatos y generaciones. Durante los últimos 30 años, el artista madrileño construyó un universo propio donde la geometría, el color y la intervención del espacio conviven en una identidad inmediata y reconocible. Lo que comenzó en las calles y fábricas abandonadas hoy se transformó en una presencia global que dialoga con ciudades, culturas y nuevas formas de experimentar el arte.

En un momento de madurez creativa, Okuda no solo revisita su recorrido a través de una gran retrospectiva internacional, sino que también proyecta su obra hacia el futuro, explorando la arquitectura, la tecnología y experiencias inmersivas donde el espectador deja de ser observador para convertirse en parte activa de la obra.

A la hora de resumir estas tres décadas, el artista reconoce que le resulta imposible elegir un único momento. Su carrera, marcada por la constante transformación, estuvo atravesada por proyectos monumentales alrededor del mundo, incluso algunos que ni siquiera pudo ver personalmente, como varias obras realizadas en China durante la pandemia. Sin embargo, hay una intervención que permanece especialmente cerca de su corazón: la icónica iglesia del norte de España convertida en skatepark artístico, una obra que terminó transformándose en uno de los proyectos más importantes y mediáticos de su carrera.

“Me enamoré instantáneamente de ese lugar”, recuerda. “La mezcla entre una iglesia y un skatepark me parecía la unión perfecta entre dos mundos completamente opuestos pero armónicos”. Aunque el proyecto no contaba con presupuesto inicial, logró concretarlo gracias al apoyo colectivo y distintas marcas que acompañaron la idea. Para Okuda, esa experiencia terminó simbolizando algo esencial: cuando existe una verdadera convicción detrás de una obra, siempre aparecen formas de hacerla realidad.

A pesar de la dimensión internacional de su trabajo, asegura que hay algo que nunca cambió desde aquellos primeros años pintando en espacios abandonados: la necesidad emocional de crear. “Sigo haciéndolo por felicidad, por disfrute y por una conexión muy personal con los lugares”, explica. Más allá de la exposición global o la responsabilidad que hoy implica su mensaje, la esencia sigue siendo la misma: la pasión por crear.

Las formas geométricas ocupan un lugar central dentro de su imaginario visual. Especialmente los triángulos, figuras que siente profundamente conectadas con su manera de pensar y construir el mundo. Para él, la geometría funciona como un lenguaje universal capaz de unir culturas, tiempos y manifestaciones artísticas diferentes. Todo comenzó geometrizando letras en la calle, pero con los años esa lógica terminó expandiéndose hasta convertirse en una forma de interpretar la realidad.

El color, por supuesto, también ocupa un rol fundamental en su obra. Okuda estudió psicología del arte, teoría y psicología del color, disciplinas que hoy forman parte de su método creativo. Actualmente incluso trabaja junto a la Universidad Complutense en un curso donde comparte su propia teoría sobre cómo construir volumen, armonía y emociones a través del color.

Más allá de lo técnico, su vínculo con los colores está profundamente ligado a conservar una mirada infantil sobre el mundo. “Creo que con el tiempo las personas se vuelven más grises”, reflexiona. “Para mí es importante seguir conectado con esa parte del niño que se maravilla con los colores”. Aunque en su vida cotidiana suele inclinarse por tonos pastel, admite una fascinación especial por los colores neón, atraído por su intensidad y artificialidad.

Otro aspecto que lo moviliza es observar cómo sus obras terminan integrándose a la identidad de las ciudades. Esa capacidad de transformar el espacio público y generar nuevas conexiones emocionales con los lugares representa, según él, una de las experiencias más gratificantes de su carrera. En paralelo, también disfruta el recorrido más íntimo de las galerías y la manera en que sus muestras son recibidas por el público. Su última exhibición, inspirada en un viaje por África, exploró justamente ese diálogo entre lo ancestral y lo futurista que atraviesa gran parte de su obra reciente.

Su retrospectiva mundial, que comenzará en España y luego viajará por Asia y posiblemente Latinoamérica, marcará uno de los proyectos más ambiciosos de su trayectoria. La muestra incluirá obras inéditas y piezas de gran formato pensadas para redescubrir las distintas etapas de su universo creativo.

Pero lejos de quedarse en el pasado, Okuda ya imagina el próximo capítulo. Este 2026 estará especialmente enfocado en proyectos vinculados a la arquitectura y la tecnología. Entre ellos, un videojuego cuya protagonista es una niña en silla de ruedas que habita un universo libre de barreras, donde también aparecen sus obras como parte de la experiencia narrativa.

Más que alcanzar una meta puntual, el artista siente que su verdadero desafío está en seguir transformando la manera en que las personas viven el arte. Su objetivo es que la obra deje de contemplarse únicamente desde afuera y pueda ser habitada desde adentro.

La inspiración, asegura, nunca deja de aparecer. Viajar, visitar exposiciones, observar otras culturas y mantenerse conectado con la creatividad de otros artistas son parte esencial de su rutina. “La clave está en mirar mucho y nutrirse constantemente de todo lo que te rodea”, explica.

Y cuando imagina su obra convertida en un destino, no duda: India representa perfectamente ese universo visual donde el caos, el color, la espiritualidad y la modernidad conviven de manera natural. Ciudades como Bombay —junto con lugares cargados de identidad ancestral como Cusco— condensan gran parte de la energía que atraviesa su imaginario artístico.

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