Mientras muchos construyen fortunas, pocos se animan a cuestionarlas. Doug Tompkins fue uno de ellos. Empresario visionario, fundador de marcas icónicas y, sobre todo, un hombre que decidió que el verdadero legado no se mide en dinero, sino en el impacto que dejamos en el mundo.
Doug Tompkins nunca encajó en la idea tradicional de éxito. A los 17 años dejó la escuela, impulsado por una necesidad más profunda: explorar, escalar, vivir en contacto con la naturaleza. Esa intuición, lejos de alejarlo del mundo empresarial, lo llevó a fundar una de las marcas más influyentes del universo outdoor.

En 1964, junto a su primera esposa, creó The North Face en San Francisco. En plena revolución cultural, la marca redefinió el equipamiento de montaña con productos que combinaban funcionalidad y diseño. Sin embargo, tras una expedición que cambiaría su mirada para siempre, Tompkins tomó una decisión inesperada: vendió la empresa por apenas 50.000 dólares, sin imaginar su proyección global futura.

Ese viaje fue el inicio de todo. En 1968, emprendió la expedición “Fun Hog” junto a Yvon Chouinard y un grupo de escaladores, recorriendo el continente americano hasta llegar a la Patagonia. Allí, frente a un territorio indómito y casi intacto, encontró algo más que un desafío físico: encontró un propósito. La ascensión al Monte Fitz Roy fue solo el comienzo de un vínculo que marcaría el resto de su vida.
De regreso en el mundo empresarial, fundó Esprit, una marca que durante los años 70 y 80 capturó el espíritu de una generación con una estética limpia, relajada y global. El éxito fue inmediato. La empresa creció hasta convertirse en un fenómeno internacional, consolidando a Tompkins como uno de los grandes nombres del negocio de la moda.

Pero en la cima, volvió a elegir. A fines de los años 80, convencido del impacto ambiental del consumo masivo, vendió su participación en Esprit y dio un giro radical: dejó la industria y se mudó al sur de Chile.
Allí comenzó su obra más importante.
Junto a Kristine McDivitt Tompkins, ex CEO de Patagonia, inició un proceso inédito: adquirir tierras degradadas para restaurarlas y protegerlas. Lo que para muchos era acumulación, para él era conservación. Así nacieron proyectos como el Parque Pumalín y la recuperación del Valle Chacabuco, formando uno de los corredores ecológicos más grandes del mundo.

Durante años fue cuestionado. Su figura generó sospechas, tensiones políticas y resistencia local. Pero su visión era clara desde el inicio: devolver esas tierras al Estado para que se convirtieran en parques nacionales. Hoy, ese sistema forma parte del patrimonio natural de Chile y representa uno de los actos de filantropía ambiental más relevantes de la historia.
Doug Tompkins murió en diciembre de 2015, a los 72 años, tras un accidente en kayak en el lago General Carrera. Murió en el mismo entorno que eligió proteger, coherente hasta el final.
Su legado trasciende la conservación. Es una invitación a repensar el sentido del éxito, a cuestionar los modelos establecidos y a entender que la verdadera riqueza puede tomar otras formas.
Como él mismo lo expresó: debemos ser todos ecologistas, todos vivimos en un planeta en riesgo. No es inteligente generar riqueza si el costo es el colapso del mundo que habitamos.
Doug Tompkins no solo protegió la Patagonia. Redefinió lo que significa ganar.


