ANKATERRA: LA HUELLA DE MARINA POR ARGENTINA


Abogada con diploma de honor, viajera incansable y creadora de Akaterra, Marina Zavalia transformó su vida en una travesía radical: construir su propia casa sobre ruedas y lanzarse sola a explorar la Argentina, guiada por la intuición, la libertad y una búsqueda profunda de sentido. A los 30 años, cuando parecía haber alcanzado todo lo que alguna vez imaginó, Marina sintió que algo no encajaba. Dejó atrás una carrera consolidada, vendió sus pertenencias y decidió recorrer la Argentina sola en un camper que mando a construir. Lo que comenzó como un impulso se convirtió en una experiencia transformadora, atravesada por paisajes extremos, desafíos cotidianos y una conexión cada vez más íntima con lo esencial. Hoy, detrás de su proyecto Ankaterra, cuya palabra significa, Tierra del Águila por la búsqueda de libertad que es mi motor en la vida,  su historia se revela como un testimonio de valentía y libertad, donde el verdadero destino no es un lugar, sino una forma de vivir. 

El comienzo del viaje

¿Qué fue lo que te impulsó a dejar tu vida como la conocías y emprender esta aventura sola por la Argentina en un camper que además armaste vos misma? ¿Cómo fue ese proceso desde la idea inicial hasta el momento de salir a la ruta?

Creo que si uno piensa demasiado estas decisiones, no las toma. Fue algo impulsivo. A los 30 años, tenía muchísimo más de lo que me hubiese imaginado, pero no me sentía plena. La curiosidad por viajar pudo más: dejé todo y me fui a recorrer Europa, siempre atraída por la montaña, desde los Alpes hasta Escocia y la Selva Negra. Después trabajé en Shell CAPSA como Territory Manager, lo que me permitió seguir viajando por la Argentina y el mundo. Pero África marcó un antes y un después: en Tanzania hice voluntariado y aprendí a moverme sola, confiando en mi intuición y enfrentando la incertidumbre. Había conocido 16 países, pero no mi propio país en profundidad. En enero de 2025, tras un viaje a la Patagonia, volví a Buenos Aires y sentí que la ciudad me quedaba chica. Pensé: “Si no lo hago ahora, no lo hago nunca más”. Ese mismo día tomé la decisión de salir a recorrer la Argentina. Y no hubo vuelta atrás.

Construir tu propio hogar sobre ruedas

Armar un camper desde cero no es algo que muchos se animen a hacer. ¿Cómo fue ese proceso de construcción? ¿Qué aprendiste en el camino?

Cuando decidí recorrer la Argentina de punta a punta, busqué la mejor forma de hacerlo. Quería llegar a lugares remotos, así que descarté el motorhome y la casilla rodante. Así apareció la idea del camper, un mundo completamente desconocido para mí. Empecé a investigar y, entre dudas, conocí a Marcelo, quien construía campers, y decidí hacerlo desde cero sin saber nada de paneles solares, baterías o energía. Mientras avanzaba con la “casa”, necesitaba una camioneta confiable. Terminé comprando una Hilux 2013 a un conocido, sin verla siquiera. Vendí todo, viajé a Córdoba, la transferí y ese mismo día la manejé por primera vez de vuelta a Buenos Aires para montarle el camper. Así empezó a tomar forma mi hogar sobre ruedas.

 

La vida en movimiento

¿Cómo es tu día a día viajando sola? ¿Cómo empieza una mañana en la ruta y cómo organizás tus jornadas?

Siempre fui de vivir a mil, pero en este viaje mis mañanas son sagradas. Todo empieza con calma: mate o café, algo para comer y ordenar el camper, porque el orden también me ordena la cabeza antes de salir. La jornada la suelo decidir el día anterior. Jamás organizo una ruta futura con tanto tiempo de organización, ya que la única manera de disfrutar en profundidad el lugar en donde estoy es viviendo el día a día a conciencia. Además, en la diaria van surgiendo imprevistos o cambios.

Los desafíos del camino

Viajar sola también implica enfrentar desafíos. ¿Cuáles han sido los momentos más difíciles o inesperados desde que empezaste este viaje?

Anécdotas sobran: empecé el viaje en pleno invierno, durmiendo a -15°C dentro del camper, me enfermé sola en un pueblo perdido, pinché cubiertas en rutas desiertas y tuve que ingeniármelas para salir de situaciones límite. He tenido que cortar ramas haciendo efecto malacate con zuncho y reversa para abrirme el paso, idea que se me ocurrió ante la desesperación por no poder dar la vuelta hacia atrás, como tantos otros imprevistos. Pero siempre que me hacen esta pregunta, les respondo que lo más difícil es el día a día. No saber dónde voy a dormir, no tener comodidades básicas, estar pendiente del agua, la comida, la ropa, el orden y la seguridad. Todo depende de mí. Y no hay descanso en eso. No hay día en el que no tenga que arreglármelas absolutamente sola. 

 

La ruta recorrida

¿Podés contarnos un poco sobre tu recorrido hasta ahora? ¿Qué provincias o lugares visitaste y cuántos kilómetros llevás hechos?

Llevo más de 30.000 km recorridos. Arranqué en La Pampa, en el campo donde crecí, y desde ahí fui hacia la zona centro cordillerana: San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero y Tucumán. Desde ahí subí a Salta y recorrí la puna catamarqueña, salteña y jujeña en una ruta extrema: más de un mes sin estaciones de servicio, a más de 4000 msnm y con una soledad absoluta. Fue, sin dudas, el paisaje más impactante que vi en mi vida. Luego bajé hacia la Patagonia, atravesando Mendoza, Neuquén y Río Negro hasta el Atlántico, recorriendo Chubut y Santa Cruz, y cruzando el estrecho de Magallanes hasta Tierra del Fuego. Después regresé a Santa Cruz para cumplir otro sueño: viajar a la Antártida en un Hércules de la Fuerza Aérea. En cada provincia intento recorrer todo: de norte a sur, de este a oeste. Pasé por pueblos remotos, fiestas locales, exploré distintas cadenas montañosas volando desde las alturas con mi parapente, lugares a donde solo se llega a pie, atravesé paisajes únicos.

Ser mujer viajando sola

¿Qué significa para vos ser mujer y recorrer el país sola? ¿Cómo ha sido la experiencia en términos de seguridad, encuentros y aprendizaje personal?

Muchas mujeres me preguntan cómo hago sola, y la verdad es que no tuve opción más que aprender. En rutas desoladas dependés únicamente de vos, así que me formé en mecánica, electrónica y supervivencia. Lo más valioso es la confianza que se construye al resolver lo inesperado. En cuanto a la seguridad, nunca me sentí insegura, pero porque me cuido mucho: no manejo de noche, planifico dónde dormir y priorizo siempre mi tranquilidad. Una se vuelve más intuitiva y atenta. También tomo recaudos como no compartir mi ubicación en tiempo real, avisar siempre a mi familia dónde estoy y, si hace falta, fingir que estoy acompañada. Viajar sola implica estar alerta, pero también es una experiencia profundamente empoderadora.

Paisajes que dejan huella

La Argentina tiene una diversidad de paisajes única. ¿Cuáles fueron los lugares que más te impactaron hasta ahora y por qué? 

Sin dudas, la puna catamarqueña, salteña y jujeña fue lo que más me impactó, no solo por su belleza, sino por lo poco conocida que es. Lugares como Laguna Blanca, Antofagasta de la Sierra, Antofalla o el cono de Arita parecen irreales. La pureza del aire y la luz hacen que cada paisaje se sienta como un cuadro. Los amaneceres y atardeceres, especialmente en el Valle de la Luna o el Valle de Marte, son inolvidables. La soledad es extrema, muchas veces solo acompañada por vicuñas o cóndores, pero esa misma inmensidad la vuelve única. También me marcó la ruta 83 en Jujuy, que une la puna con las yungas: un recorrido de 200 km donde cada tramo sorprende, con lugares como Santa Ana, Caspalá y el valle colorado.

 

Encuentros en el camino

Más allá de los paisajes, el viaje también está hecho de personas. ¿Qué historias o encuentros inesperados te marcaron?

Me marcaron personas que viven con muy poco, pero con una enorme generosidad, como Enrique y Ester en Anfama, o Elina en El Peñón, que apuesta a que sus hijos vuelvan a su pueblo porque cree en las oportunidades del lugar. También encuentros inesperados: una mujer que me hizo entender que este es un viaje más interno que externo, un camionero de 86 años que postergó todo por ayudarme y sigue trabajando “haciendo patria”, o un hombre que apareció en medio de la nada con una amoladora justo cuando la necesitaba y desapareció después, como un ángel. Son historias que me recuerdan que, incluso en la soledad, nunca estoy realmente sola.

El mensaje detrás del viaje

¿Hay un mensaje o reflexión que quieras compartir con otras personas –especialmente con mujeres– a partir de esta experiencia?

Que se animen. A mí me llenaron de miedos antes de salir, pero el miedo paraliza. La Argentina es segura para quien se cuida, y viajar sola es una experiencia profundamente transformadora. Para mí fue una forma de fortalecer el amor propio y la confianza, de aprender a resolver, a parar cuando el cuerpo lo pide y a disfrutar cada momento con conciencia. Es una escuela de vida. También te conecta con otras personas y te muestra lo poco que realmente se necesita para ser feliz. Hoy, con lo esencial, me siento más plena que nunca. Y, sobre todo, invito a todos a recorrer el país: la Argentina es inmensa y, lejos de lo que muestran las noticias, está llena de gente simple, generosa y feliz con lo que tiene. Viajar sola es una escuela, no solo para aprender de las cosas que van pasando en el camino, sino para aprender a levantarte sola, a seguir adelante cuando la energía ya no sobra. Es aprender a parar cuando tu cuerpo te lo pide. Es no perder nunca la capacidad de asombro y disfrutar cada momento con conciencia. 

Mirar hacia adelante

¿Qué sigue para Marina en esta aventura? ¿Tenés un destino final o la idea es seguir dejándote llevar por la ruta?

El objetivo es terminar de recorrer la Argentina de punta a punta: me quedan zonas del sur y el noreste. Cuando cierre este viaje, mi idea es lanzar un proyecto de turismo para invitar a otros a viajar conmigo en experiencias diseñadas, especialmente para quienes quieren animarse a viajar solos, pero acompañados. Más allá del final, sé que este camino me transformó para siempre: vuelvo con una mochila llena de aprendizajes, vivencias y nuevas prioridades que me van a acompañar toda la vida.

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