SRI LANKA, UNA ISLA PERDIDA EN EL TIEMPO

Por Sofia Prado. Fotos: Sofia Prado

Sri Lanka tiene todo, y es que hay templos milenarios, elefantes en libertad, campos, selva, montañas, el té más rico del mundo, los pescadores y sus playas. Una mezcla fascinante conectada por rutas accesibles para recorrer en el transporte más particular y curioso de la isla “Tuktuk”. Pues si, en este país la empresa TukTukrentals.com dispone de estos vehículos en excelente estado preparados para el alquiler bajo el lema “viaja como un local y ayuda a la comunidad”, una idea que me parece excelente y sencilla para que viajeros de todas las edades no solo puedan abarcar varios sectores de la isla, sino para sumergirse en la cultura autóctona. Además de ser muy fáciles de llevar y la empresa está 24 horas conectada vía WhatsApp con sus pasajeros, brindando servicio donde quiera que estén compartiendo itinerarios brindando los mejores tips de comida local, festejos y hasta muy buenos spots para encontrarse con la fauna local. Además, el grupo de whatsapp permite que viajeros viajando solos, se encuentren con otros usuarios de tuktuk rentals y se unan en diferentes aventuras.

El parque nacional Yala

Una de las cosas mágicas de Sri Lanka es su catálogo de opciones turísticas. En una extensión reducida, en sesenta y cinco mil kilómetros cuadrados podemos encontrar playas, ruinas históricas y parques nacionales, donde es posible admirar la fauna local desde un lugar seguro. De esta forma llegamos al parque nacional Yala, no sólo el más grande del país, sino que también el que alberga la mayor población de elefantes y leopardos asiáticos. Con un pequeño desvió de la ruta principal, totalmente accesible para los conductores de “tuktuk” , entramos al hotel Cinnamon Wild Yala, una propiedad ubicada en los inicios del parque, manteniendo de un lado el bosque y del otro lado una extensa playa. No hacemos más que tomar el cóctel de bienvenida y organizar los safaris para el día siguiente, cuando uno de los encargados nos viene avisar que cerca de nuestra cabaña asignada un elefante se encontraba comiendo. No podíamos haber elegido mejor hotel. La ubicación perfecta de este alojamiento no solo nos dejaba ver elefantes entre los senderos, sino que incluso, cenamos rodeados de cocodrilos y nos pasamos la tarde viendo búfalos desde la piscina con vista a uno de los manantiales del bosque.

Para el día siguiente, el mismo Cinnamon Wild Yala con sus naturalistas profesionales, nos organizó un día entero de safari. Con casi un 95% de probabilidades de avistar leopardos en este parque,  en un día completo de excursión, le ofrece al viajero la cuasi certeza de ver a estos felinos en la naturaleza. Y así fue como nos embarcamos en el desafío que entre saltos, nos dio más de lo que esperábamos.

Al menos pasamos una hora entre elefantes que jugaban en el lodo, comían de las ramas más cercanas a nuestros jeeps socializando entre los miembros de la manada. Desde un punto privilegiado, nuestro naturalista ubico el jeep en una pequeña colina frente a un gran lago y no solo se podían apreciar estos fastuosos animales, sino que también la belleza del mismísimo parque. Con el correr del día nos hemos encontrado con muchísimas otras especies como cocodrilos, zorros e infinitas cantidades de aves, ciervos y lagartos. Durante todo el recorrido, tanto nuestro guía como nosotros, éramos advertidos de los sonidos de la selva, prestando especial atención a aquellos cantos que parecen inofensivos pero que en realidad nos avisaban del paradero de los leopardos. Quiero destacar la increíble labor de nuestro equipo, pues no terminamos el día sin dar con la estrella del parque, el leopardo asiático. Solo unos pocos jeeps fueron los afortunados, aquellos que supieron escuchar el canto de advertencia de los pájaros, las miradas de los ciervos cautelosos, que finalmente supieron develar donde se encontraba el rey de la jungla esrilanquesa. 

Tierras altas, tea pluckers y el té más rico del mundo

Como ya había anticipado, Sri Lanka lo tiene todo. Y es que después de abandonar el agobiante calor de la selva, nos subimos a un tranvía azul que parece de juguete. Con las ventanas bien abiertas hacemos lo que algunos dicen: el recorrido en tren más lindo del mundo. A medida que el ferrocarril avanza entre curvas y colinas, el verde cambia su tonalidad y les da paso a las laderas repletas de plantaciones de té. El frio comienza a sentirse y la gente se coloca sus buzos sin dejar de asomarse por la ventana o por las puertas abiertas para admirar el paisaje. Diariamente, desde la ciudad de Kandy, salen trenes que hacen el recorrido hasta la ciudad de Ella, considerándose este el trayecto como el de las altas tierras. ¡Atención! No hace falta hacerlo todo de corrido, ya que las paradas son claves para conocer cada rincón de este pequeño microclima en las alturas.

Así́ nuestra primera pausa fue en la pequeña ciudad de Haputale. Silenciosa y fría, casi desprovista de turistas y colmada de casas que cuelgan entre las colinas con plantaciones de té que atraviesan el camino y senderos de trekking envidiables. Nuestro propósito ahí́ era único: encontrar y entrevistar a las famosísimas tea pluckers o recolectoras de té, así́ que muy temprano por la manzana emprendimos la marcha.

De lunes a viernes y sobre todo por la mañana (dato importante si se piensa visitar la zona), decenas de mujeres colman los campos de té con bolsas que cuelgan de sus cabezas. Sigilosa y silenciosamente, eligen cuales serán las hojas que se encuentran en perfecto estado para elaborar el té y descartan aquellas que no lo están. Veloces con sus manos y capaces de llenar bolsas y bolsas A mi parecer son las artistas madre, de uno de los más emblemáticos tés del mundo. Es increíble, y me digo, que por más que avancen las tecnologías las cosas más sabrosas siempre serán en algún punto elaboradas por la mano de los seres humanos.

Mirando a las tea pluckers, recordé́ lo ricos que pueden ser los fideos caseros o el pan recién amasado, así́ como la importancia del concepto “casero”. Es que la fama de esta bebida parte de un destino tan humilde como el de las manos de estas trabajadoras, las cuales por muy poco dinero se pasan el día en la altura, con un paisaje que enamora, aunque concentradas en la elección manual del elemento base de esta infusión. Caminando entonces entre las plantaciones se llega a Lipton’s Seat: un mirador a una distancia de dos horas de Haputale, situado en lo alto de la montaña, donde se dice que el empresario escocés Lipton se sentaba a observar y controlar a sus recolectoras. Una parada estupenda para recobrar energías antes de volver al pueblo.

Nuestra segunda parada del recorrido por las tierras altas, fue llegando a la emblemática ciudad de Nuwara Eliya. Allí́ visitamos la famosa fábrica “Labookellie” con la idea de sentarnos a probar el tan galardonado té de Ceylon.

Para que un té sea considerado té de Ceylon debe ser plantado, recogido, procesado y envasado en esta región. Solo aquellos que posean el símbolo del León tornasolado son los que podrán hacer usufructo de este galardón, dado que la zona es propicia para crear un té único en el mundo. Con cultivos de hasta 2.300 metros de altura, un clima promedio de 25°C, suelos fértiles y lluvias monzónicas, es el lugar ideal para estas plantaciones. Tal es así́ que basta con alzar la vista para ver los campos de té en todas las direcciones, incluso hasta en las pequeñas casas locales.

Otra señora nos trae dos tazas calientes y una torta de chocolate a modo de presente. No hace falta pagar por esta atención, solo darle una propina posterior a recibir una charla explicativa sobre el proceso de elaboración té. Cuanto más veo la pasión y la belleza de esta artesanía, me motiva para dejarles una buena propina.

El aroma de mi taza me cautiva. Hay tantos tipos de té de Ceylon como de té negro. Me pierdo en la charla y solo pienso en disfrutar de mi tazón bien caliente. Entiendo que estoy tomando una bebida única en el mundo, con propiedades estimulantes para personas depresivas, con problemas estomacales y obesidad. Logro entender que su secreto está en su alta dosis de cafeína, pero que lo absorbe incluso mejor que el café́, y gracias a eso es tan saludable para nuestro sistema nervioso. Pienso en lo lejos que me ha traído la fotografía y mi curiosidad, pues el arte de un buen té mezclado con este paisaje es tal vez algo único que solo se puede ver en esta pequeña gran isla.

Nuestra última parada en esta región es el vibrante pueblo de Ella, tal vez el más turístico de los tres con infinidades de restaurantes y bares, pero en una diminuta calle que solo abarca un puñado de cuadras. Para entonces ya habíamos recuperado nuestro tuktuk que fue llevado amablemente hasta esta ciudad. Con él, nos pusimos en marcha para visitar uno de las emblemáticas postales de este país, el puente de los nueve arcos. Construido por los británicos en 1921, fue una sofisticada obra de ingeniería sin precedentes en Sri Lanka y uno de los legados positivos que el colonialismo dejo.

 

Los pescadores zancudos

Dejamos atrás el frio de la montaña para volver al clima húmedo y caluroso. Estamos ahora por llegar a la costa sur de la isla, lugar donde nace la leyenda de los pescadores zancudos: una foto que me obsesionó por años y que tenía que ver con mis propios ojos.

El paisaje se convierte en arena amarronada y los árboles en palmeras que colman la única calle que bordea la costa. El destino parece repleto de turistas que solo llegan a la isla para pasar unos días en el paisaje marítimo. Nos cuentan los lugareños que las aguas van cambiando de color dependiendo de las estaciones del año, siendo perfecto el invierno para visitar las playas del sur y el verano para las playas del norte ya que cambian su color marrón a celeste.

Llegamos a Unawatuna, un pueblo costero que no tiene nada más que su mar. No tenemos mucho tiempo, así́ que antes de que caiga el sol buscamos los zancudos (aquí́ se debe tener cuidado, ya que hay muchos pescadores actuando para los turistas). Nuestro guía es de la zona y nos lleva a una playa alejada donde solo estamos nosotros y unos locales pescando en largos palos encastrados en las orillas. ¡Allí́ estaban y eran reales!

Llegado el crepúsculo o muchas veces al amanecer, cuando la marea comienza a tranquilizarse y los vientos a mermar, pescadores esrilanqueses trepan a estos postes de hasta 4 metros y se apoyan cuidadosamente en lo que llaman petta, otra madera encastrada al poste principal que les permite sentarse. Parece sencillo, pero ellos aseguran que no lo es y, como por arte de magia, logran pararse y visualizar los peces que desean obtener.

Observando como llenan sus bolsas y posicionándome para sacarles una foto, las olas me mojan mucho más a mí que a ellos, que sonríen relajados mientras el sol se pone tras las nubes.

Cuentan que esta curiosa práctica no es tan milenaria como creemos. Proviene de la Segunda Guerra Mundial, época en que la falta de alimento llevó a las familias aledañas a tomar medidas drásticas para la supervivencia. Las barcas en ese entonces eran caras y las mareas muchas veces resultaban tan altas que solo quedaban unas pocas rocas descubiertas para una pesca playera. Por lo tanto, se abastecían de pedazos descartados de avionetas o barcos y creaban zancos altos colocados en arrecifes con el fin de cazar arenques y caballas, especies que frecuentan la zona. Más tarde, la forma cobró fuerza y su creación en madera volvió ́ a la misma un icono del país.

La selva, Sigriya y su roca del león

Nuestra última parada se enfocó ́ en el norte del país, la pequeña ciudad de Sigiriya.

Envueltos en un silencio abrazador un calor sofocante y colores que pocas veces había visto en mi vida, a las 4 de la mañana estábamos listos para aventurarnos a un viaje en globo. Solo éramos cuatro personas volando aquel amanecer en la jungla. Mientras recorremos los campos y montañas esperábamos que el sol se avecinaba. Casi no circulaban autos, no se oían bocinas y el cielo rojo poco a poco asomaba. A lo lejos ya podía ver lo que tanto anhelaba: la Roca del León, el emblema del país envuelta entre nubes y vegetación que parecía un set de filmación de una película antigua. A nuestros pies observamos los pisotones que los elefantes habían dejado por la noche en la zona, ya que aquí al igual que en toda la isla, ellos se manejan con total libertad y si tienes suerte pueden encontrarlos en cualquier destino, además de los parques nacionales. Algunas aves nos pasaban por los costados saludándonos. Pronto el sol salió́ y como siempre, los momentos cotidianos se vuelven mis preferidos en los viajes: los colores se intensificaron y el espectáculo de la naturaleza ya hablaba por sí solo.

Ni bien el globo aterrizó en el patio trasero de una casa de barro mezclada entre los manglares de lo que alguna vez había sido un lago, volvimos a la marcha. La Roca del León ya nos invitaba a visitarla. Con el sol pegando ya fuerte sobre nuestra espalda, nos aventuramos entre los pastizales para visitar el conjunto arqueológico más fascinante del país, y es que la Roca del León supo ser una vez un antiguo palacio y monasterio.

Ubicado a 400 metros de altura para todo aquel que no sufra de vértigo y se anime a caminar entre los peldaños cuesta arriba, es un punto único en el mundo. Con sus dos caras esculpidas en la roca, se dice que este antiguo lugar tiene al menos 4.000 años de historia que todavía no se ha terminado de descubrir.

Se cree que en principio funcionó como monasterio, lo atestiguan los frescos que encontramos en las cuevas mientras ascendemos hasta las terrazas superiores, que representan a las sacerdotisas de la época.

También se habla de la creación de un palacio pensado como una vivienda, pero también como fortaleza debido al enfrentamiento entre dos hermanos, el cual se supone que data del Siglo V d.C. La leyenda cuenta que el rey Kasyapa asesinó a su padre, lo enterró vivo y usurpó el lugar de su hermano Mogallana, el legítimo heredero. Este último se refugió en India y creó un ejército, mientras el usurpador construía el palacio en las alturas con el fin de tener la vista preparada ante cualquier enfrentamiento.

Símbolo de un país y con una historia que mueve miles de años hacia atrás, estas ruinas convierten aún más exótica la vista que nos deleita al llegar a la cima. Jardines, rocas y piletones que alguna vez fueron parte de una antigua civilización, hoy en día son ruinas en continuo descubrimiento.

Con esta postal nos despedimos de nuestros días en este país, pero con la seguridad de que volveremos con más tiempo. Me llevo conmigo fotografías que me recuerdan lo lejos que quedan de las grandes ciudades estos rincones en el mundo, donde se duerme escuchando grillos, donde pueden aparecer elefantes en el jardín de tu casa o en una ruta de barro camino a un hotel, donde amanece sin una bocina y los colores del cielo son tan puros que las nubes húmedas son el único smog que tienen que abatir. Donde no todo está́ descubierto, siendo que para los tiempos que corren, que aún queden templos misteriosos es sin duda una fascinación que todo aventurero desea disfrutar. Donde el secreto del mejor té está en las manos y en la elección de unas señoras que pasan su día en una oficina a 2.000 metros de altura con una pantalla que es difícil de superar. Con un tren de juguete que atraviesa pueblos y plantaciones. Con unos pescadores que reforzaron en mí la postal de una isla que, oculta en el Indico, es quizás una isla perdida en el tiempo.

 

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