Experiencias


Este es el destino más cercano al polo norte del mundo (y es surrealista) - Por Sofía Prado -

A 1.200 km del polo norte geográfico, se encuentra un archipiélago llamado Svalbard, que forma parte de Noruega y cuyas islas emergen del océano Glacial Ártico. Aunque la lógica indica que esas latitudes no deberían estar habitadas, lo están. Sin embargo, el índice de vida humana es mucho menor al de la vida salvaje que habita en la zona.
Recorrerla es casi surrealista. En prácticamente todas las puertas de las casas o los comercios, hay rifles colgando que no hacen más que advertir de la presencia de alguna amenaza (como los osos polares).  Carteles por doquier advierten de la presencia de osos polares; menús de restaurantes en donde el plato principal es ballena. Eso es Longyearbyen, capital de esta isla, el territorio habitado más cercano al polo y puerta hacia una expedición por el Ártico. Los que habitan aquí viven la noche polar (24 horas diarias de oscuridad) durante cuatro meses.
Pequeña, helada, congelada. En este recóndito lugar situado entre montañas, todo está –convenientemente– a 10 minutos de distancia, pues el frío es muy desgarrador como para andar paseando por las calles. Sin embargo, en esos breves momentos en los que uno tiene que aventurarse al aire libre, quizás tenga la suerte de capturar las majestuosas auroras boreales.

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Y durante el día, un paseo obligado es el del trineo tirado por perros, recorrido que promete un paisaje ártico fascinante. A medida que los huskys corren, el viento gélido es impiadoso con el rostro. Se siente, segundo a segundo, cómo la piel se va rasgando y la cara se va poniendo más rígida. Los dedos de las manos y los pies se entumecen, incluso con dos o tres pares de medias puestas. La nariz parece de piedra. Pero, aún así, la sensación de estar viajando en un milenario trineo sobre un océano congelado es inigualable y hace que el esfuerzo valga la pena. Los ojos de cualquiera se maravillarían ante el inmenso desierto blanco en donde también es habitual observar renos.
La presencia del sol no amedrenta el frío. Y a medida que se recorren los kilómetros, parecería que el planeta no tiene otros habitantes. Aterra un poco tanta inmensidad en tan inhóspito clima, pero a la vez emociona. Al igual que imaginar la vida marina que habita debajo de la capa de hielo mientras el trineo la atraviesa.
Por momentos, las bocanadas de nieve que cortan el camino dificultan la vista, cual tormenta de arena. Hacer el intento de sacar una foto suele ser en vano: en solo unos clicks, los dedos se vuelven morados y obligan a guardar las manos. El pelo, la bufanda, incluso las lágrimas provocadas por el viento, todo se congela.
Otra opción es ir de excursión en un rompehielos a ver osos polares, para lo que es absolutamente obligatorio ir armado.
La travesía por Noruega continúa por las islas Lofoten. En ese conjunto, está Hamnøy, una de las más visitadas. Es un pequeño poblado de pescadores en donde las tradiciones se mantienen y el estilo de vida es el mismo de hace muchos años, aunque con mejores condiciones.

Allí muchos quieren vivir la experiencia de hospedarse en un robu, una cabaña de madera que se sostiene sobre pilotes y está ubicada sobre la costa. Pintados de rojo, naranja y blanco, hoy en día muchos robu han sido remodelados para hospedar a turistas. Sin embargo, aún persisten algunos locales que se entremezclan con los resorts.
Hospedarse en una de estas cabañas es experimentar la auténtica vida de la isla. Es dormir oyendo el mar, respirar aroma a pescado al abrir una ventana y, por supuesto, tener las auroras boreales danzando frente a uno durante la noche, que a pesar del cielo nublado, aparecen como por arte de magia. Por la mañana, despertar con el ruido del mar y las gaviotas revoloteando. Tal vez sean las casas con mejores vistas del mundo y por eso los pescadores las comparten con los viajeros de la zona.

Texto y fotos: Sofía Prado

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