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FASHION SCENE //
Milano
30/01/2012 Milano…la ciudad más cosmopolita de Italia Por Patricia della Giovampaola Uno de mis escritores franceses preferidos, Stendhal (alias Henry Beyle), era un gran amante de Italia y sobre todo de la ciudad de Milano. Casi que se sentía italiano, más aún, cuando iba a tomar algo Da Frascati, o cuando entraba a La Scala para una velada de Opera, decía que allí había mujeres con mucho pasado y hombres con mucho porvenir… Al igual que Stendhal, yo amo muchísimo Milano. Es una ciudad con vida, cultura, movimiento y, en mi opinión, la más cosmopolita de las italianas. Puedo imaginar y soñar y, tal vez vivir, mi día ideal en ella… Para empezar me despertaría sola en la mullida cama matrimonial del Hotel Four Seasons, sobre la Via Gesù, la más chic de la ciudad… tan elegante y sobria, con esa calma burguesa que caracteriza a Milano. Es que su esencia y su fuerza se debe a la burguesía: la buena burguesía emprendedora milanesa, que es un concepto en sí misma y que hace funcionar a toda la península…
Volviendo al Four Seasons, lo considero mi hotel favorito, porque se encuentra en el antiguo edificio que solía ser un convento del siglo XV y que ha sido restaurado respetando su historia, pero con todos los detalles de la modernidad y el confort. En los salones centrales se pueden admirar los frescos de hace 500 años, mientras que los cuartos con vista « à la cour » están equipados con lo último de la tecnología y la decoración. Pero lo mejor de todo es su ubicación: Via Gesù entre Via Montenapoleone y Via della Spiga, o sea, el corazón de la moda y de la elegancia. Entonces, para salir a pasear, dejaría sin lamentarlo las maravillosas sábanas de Frette de mi cama, tomaría un desayuno liviano (nada de brioches, pues si no, no entraría en mis vestidos bien elegidos para la ocasión: ¡las mujeres de Milano son las más elegantes de Italia!) y saldría a la calle. ¿Pero hacia la derecha o hacia la izquierda? Cada uno tiene su sistema, pero yo me dirigiría hacia la Via Montenapoleone, esperando que un inusual, pero posible sol, me acompañe en mi paseo. Por supuesto que me deleitaría con las vitrinas de las boutiques de los más grandes diseñadores, que, en el espacio de 100 metros, están pegadas una al lado de la otra: Valentino, Dior, Pucci, Alberta Ferretti, Versace… ¡El sueño de toda shopping addict! No es por nada que resulta fácil encontrar japonesas, chinas, rusas, francesas y americanas deambulando encantadas de una tienda a la otra. Las milanesas tienen un aire más destacado que el de nosotras, turistas, respecto a «la leche vitrina.» En general se mueven en bicicleta, vistiendo tapados de zibelina y llevando sus Birkin de Hermès en la canasta… Mi primer stop lo haría en la boutique Ars Rosa, un templo de lencería de seda, cosida y bordada a mano, la única que aún ofrece hacer un conjunto de corpiño y camisón a medida. Colores pasteles, telas finas y maravillosas, un lugar increíble. Justo al lado está Prada, que tiene su boutique central en Montenapoleone (hay otras en varios lugares), y entraría para saludar a Manuela y Corinne, mis vendedoras especiales, y ver lo que han separado para mí de las últimas colecciones. Como me conocen, siempre tienen algo especial para que me pruebe y vea si me gusta. Y eso pasa seguido…
Después de Prada, tomaría la via Sant’Andrea, para mirar que hay en Missoni, Chanel y Hermès. Pero seguro me sentiré hambre y pararé a almorzar con una amiga en Il Baretto. A Il Baretto se puede entrar desde Via della Spiga o a través del Hotel Baglioni, sobre Via Senato… Cualquiera de las entradas está bien: lo que es importante es dónde uno se va a sentar. El lugar aconsejado y frecuentado por los verdaderos milaneses chic, como Marta Marzotto, Marco y Afef Tronchetti Provera, Marina Berlusconi y muchos otros exponentes del show business local, es la primera sala, un poco más chica que la otra, y antiguamente reservada a los fumadores. La decoración de Il Baretto es un poco old fashion, pero la comida es exquisita. Una ensalada tropical y un branzino serían suficientes para prepararme para nutrir un poco más el espíritu y dejar de lado los sentidos… Ya con la reservación hecha, iría a ver el Cenacolo Vinciano, el capolavoro de Leonardo da Vinci que fue comisionado por el duque Ludovico el Moro en 1494, para la iglesia Santa Maria delle Grazie. En 1943 un bombardeo destruyó parte del lugar, pero milagrosamente la pared del Cenacolo se salvó, y tras un largo trabajo de muchos años, fue restaurada y abierta al público en todo su esplendor en 1999. Como sólo se permite un número limitado de visitantes por día, por temor a arruinar esta obra maestra, hay que reservar y conseguir los tickets por internet. Poder ver el Cenacolo justifica por sí sólo el viaje a Milano. Y se puede volver infinitas veces. Después de este paréntesis cultural y emotivo, volvería a la Via Montenapoleone para tomar el té en Cova, la más famosa y mundana «pasticceria» de la ciudad. Basta con el olor a café expresso, a los pasticcini y al chocolate, para hacerme sentir bien. Para soñar un poco, iría a mirar las joyas de Pedrezzani, siempre en Montenapoleone. Pedrezzani es el joyero de todas las familias más tradicionales de Milano y sus alhajas son clásicas, de calidad y estupendas. Seguiría hacia la Galleria del Corso, para visitar el Excelsior, un nuevo concept store del cual todo el mundo habla: una joya del design moderno, como sólo los italianos saben hacer… Cinco pisos de moda y belleza, con una selección de creadores entre los mejores del mundo y dos de food gourmet. El más impactante es el del calzado, con un corner consagrado a Manolo Blahnik. Es sabido que nosotras, las mujeres, ¡enloquecemos por los zapatos! Adoré este lugar y sueño con volver muchas veces más. Tras tanta actividad, volvería a mi cuarto en el Four Seasons para descansar un poco y luego enfundarme en un vestido Lanvin y subirme a mis Louboutins con taco de 15 cm. Esta es la tenuta ideal para la Milano by night, y para ir a cenar a Le Bistrot, que es una sucursal elegante del clásico Da Giacomo, otro restaurant muy frecuentado por los meneghinos « ad hoc ». No puedo estar en Italia y no comer pasta. Sería un pecado capital. En una de las mesas de al lado estaría Lapo Elkann con su novia Bianca. Son la típica pareja fashion milanesa: lindos, jóvenes y chic. El día termina antes de medianoche. Ya en mi cuarto de hotel, los ojos llenos de imágenes de mi paseo por Milano. Fantasía o realidad, no importa… Fue un día bárbaro… |
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