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Maria Noel
23/01/2012 El poder de evocar Fotografía: Richard Schultz Los títulos de las pinturas de María Noël son casi literarios. La artista nos cuenta que las palabras ejercen una enorme influencia a la hora de pintar. Interrogantes, formas, collage, colores y trazos: aventuras de una mujer en búsqueda de la inspiración.
María Noël nació en Buenos Aires en 1965, y desde pequeña se interesó por el mundo de los pinceles, brochas y lienzos. Estudió en la Escuela Superior de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Sin embargo, consolidó su formación en los talleres de los artistas Aurelio Macchi, Alberto Delmonte y Luis Barragán. En 1990, se mudó a Nápoles, donde trabajó en el Museo Archeologico Nazionale. Allí colaboró en la reordenación del material de la antigua ciudad de Pompeya. Luego de esta inspiradora etapa, Noël viajó por Oriente, donde incorporó experiencias que enriquecieron su pericia e imaginario. En El Cairo, por ejemplo, aprendió las milenarias habilidades para fabricar papiros y realizar teñidos naturales.
Actualmente, es profesora en el Instituto John Brookes School of Design. Su obra forma parte de distintas colecciones, en Londres, París, Nueva York y Madrid, mientras que en Buenos Aires, participó en varias oportunidades en Arte BA, realizó muestras en la Galería Bacano de Casa FOA y en el Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca.
Muestras para recordar Durante 2007 expuso en los jardines de Château de Chaumont sur Loire, en Francia. La instalación se llamó Juegos con el Tiempo y con el Infinito, en el marco del Festival de Arte y Paisajismo. La obra consistía en un laberinto de espejos y acero. Sobre algunos paneles y en letra plateada, estaban escritas partes del cuento El jardín de los senderos que se bifurcan, de Jorge Luis Borges. También expuso en la Feria de Arte Latinoamericano Contemporáneo de Nueva York y la Galería Barbara Cicero, de Roma. En 2000 ganó el Premio Estímulo MERCOSUR; anteriormente ya había recibido el Premio Emilio Petorutti de la Academia Nacional de Bellas Artes. ¿Cuál es la importancia que tienen las palabras a la hora de pintar tus obras? Para mí las palabras funcionan como inspiración. Tengo una relación emocional muy profunda con la palabra escrita, y con ciertos textos y autores en especial. Me enamoro de un autor, del modo en que dice con palabras, del sonido con que éstas cuentan imágenes y tengo la urgencia de encontrar el tono, la textura, el acento visual de esas palabras. Así empieza la obra que luego se despega del texto inicial y se manifiesta como pura imagen. Cuando la pintura está terminada, el texto que la originó ha quedado como un sonido de base, y la caligrafía como una trama o textura visual. Cada tanto, una palabra se deja leer y genera asociaciones y nuevas imágenes. ¿Cómo describirías el proceso creativo? Casi siempre empiezo escribiendo sobre la tela en blanco lo que me viene a la mente, a modo de un fluir de conciencia. Otras veces empiezo transcribiendo de memoria un fragmento que después de ser leído y releído ha decantado en imagen o simplemente en un clima que busco traducir. Borges decía que nuestro hermoso “deber” es creer que existe “un laberinto y un hilo”, es decir una vida y un sentido que nos guíe. Él manifestaba encontrar ese sentido en “las palabras que se llaman literatura y en la mera y sencilla felicidad”. Yo adhiero. ¿Cuál considerás que fue la etapa más esencial en tu formación? Sería injusto considerar una sola etapa como esencial. De tener que elegir una, elegiría el momento de mayor soledad y distancia. Pero sin embargo, para que la soledad diera frutos fueron esenciales en mi formación mis maestros: mamá, con una sensibilidad estética, una intuición artística y una audacia creativa totales, y mi padre, escritor, que era una fuente inagotable de conversaciones interesantes, siempre hablando de las cosas más profundas con una llaneza y un tono menor que le quitaba importancia a sus agudísimas apreciaciones. Y mis maestros formales: Aurelio Macchi, Luis Barragán y Alberto Delmonte. Pasé con ellos momentos imposibles de explicar, tuve con los tres relaciones muy especiales y fueron infinitamente generosos conmigo. Sin embargo, si tuvieras que elegir un momento… Durante los años 89 y 90, que interrumpí diez años de estudios para vivir en el sur de Italia. Entonces realmente descubrí todo lo que me habían dado, ya que tuve que “desaprender”… Estaba recién casada y mi marido ocupado todo el día. Yo caminaba por calles desconocidas, tomaba el tren a Pompeya, donde me pasaba el día entero sola, mirando, tocando y pocas veces dibujando. Tenía más necesidad de mirar y sentir, que de hacer. Descubrí que me emocionaban más las piezas arqueológicas que las del museo de Bellas Artes, y eso era porque estaban hechas con la huella del tiempo. Todo un descubrimiento en tu carrera. Sí, en Pompeya y en sus frescos gastados descubrí la tensión extremadamente estética que produce una palabra o una imagen apenas legibles. Me enamoré de texturas y me peleé con la suntuosidad del óleo. Desde entonces, pinto siempre con los pigmentos en grano, el polvo de piedra, y el papel como soporte. Me reencontré con el carácter religioso del arte en una época que la mayoría se enorgullece del arte efímero. Otra etapa también esencial, si bien de otra manera, es la que cierra el círculo cuando las obras entran en un mercado internacional y uno descubre verdaderamente la universalidad del lenguaje del arte. ¿Qué relación tenés con la pintura figurativa? Nunca pienso el arte como figurativo o abstracto, no lo miro así. Cuando miro a Velázquez miro veladuras, grafismos, modulación de color, y cuando miro una obra de Twombly veo a todo el renacimiento y la cultura grecoromana. Sería algo así como quedarse en las formas. Es concentrarse en lo menos interesante de esa obra. No me molesta que para desplegar su sistema de signos plásticos un artista se sirva de una imagen reconocible, pero no la necesito. Aunque últimamente y gracias al recurso de la litografía, he incluido imágenes fotográficas que representan lugares de Buenos Aires, personajes. Usé fotografías del Archivo General de la Nación. Otra vez lo que me interesa es el valor iconográfico, no lo que representan en sí. ¿Cuánto tiempo te toma elaborar una de tus pinturas o collages? ¡Qué pregunta que nunca sé cómo contestar! En primer lugar trabajo con dos o tres obras en simultáneo. Además practico casi todas técnicas mixtas en las que incluyo papeles hechos a mano, litografías originales en las que realizo desde el pulido de la piedra litográfica hasta su edición, y colores hechos por mí con pigmentos en polvo. A veces compongo una obra a partir de grabados que hice un año antes… ¿desde cuándo debo considerar que empezó? Otras veces, me paso semanas leyendo y desmenuzando un texto que es punto de partida para un collage. Considero que esas semanas de lectura son parte del proceso. El mejor cuadro no es necesariamente aquel que tiene más tiempo de elaboración. ¿Con qué materiales te sentís más cómoda a la hora de producir una obra? Con los menos pretenciosos, con el papel de arroz o de algodón: con los materiales que no son específicos del arte porque no tienen una manera determinada de ser empleados y su libre aplicación no pretende transgredir nada. No me interesa la transgresión, creo que es un esnobismo, me gusta la libertad…y hay materiales que son muy libres, como la tinta, que hace lo que quiere (sonríe). ¿Cómo surgen los temas para pintar? El tema me elige a mí. No me propongo un tema, sino que veo o leo algo y de pronto me doy cuenta de que una serie puede salir de ahí. Este haiku, por ejemplo, traducido por Octavio Paz, me hizo vibrar una cuerda: "la hora es transparente/ veo, si es invisible el pájaro/ el color de su canto." De esto salieron muchos cuadros inspirados en haikus chinos. Pero montones de paisajes y de autores me inspiran, todo el tiempo. ¿Cómo fue tu camino hasta llegar al collage? Por defecto. Nunca me propuse “hacer un collage”, sino que me encontré con objetos, papeles, elementos que me inspiraban y sobre todo me inquietaban de alguna manera, y así espontáneamente los incorporé descubriendo que me permitían un juego mucho más libre. ¿Cómo lo definirías? El collage es la forma de arte más lúdica, azarosa y libre que se pueda imaginar. Por algo fue la preferida de surrealistas y artistas Dadá. Pienso en la palabra collage como una versión muy ampliada del papier collé de los años 30. Entiendo por collage, toda asociación libre en un espacio que no necesita ser tampoco bidimensional. ¿Qué significa la belleza? Siempre me encantó esa definición de belleza del Conde de Lautremont: “Bello como el encuentro fortuito…” No hay belleza como la que es producto de lo accidental, porque es siempre impredecible, y eso me fascina. El collage es un mecanismo que ayuda a que eso ocurra. ¿Cuál es el trabajo tuyo que más te gustó? El último o, más aún, el que está en proceso. Porque es como en el amor, ¿viste? ¡Es adonde tenés puesta la libido! (Risas.) ¿Cuáles serán tus próximas muestras o exhibiciones? Tengo Pinta Art Fair en New York, el 9 de noviembre, adonde voy con Aina Nowack, mi representante y galerista de Madrid. London Art Fair, con Jagged Art, en enero. También, una muestra individual en Madrid, para febrero, y fui invitada a exponer en Art Mónaco, en Abril 2012. También está en el horizonte ArBo (Feria Internacional de Arte de Bogotá), con el Centro de Edición y una exposición individual en ARC Fine Art ,en New York y otra con Jagged Art en Londres, con fechas a confirmar el año próximo. Pero los “high” del año son para mí las dos ediciones de Pinta Art Fair, una feria excelente de arte moderno y latinoamericano que se hace en junio en Londres y en noviembre en Nueva York, coincidiendo con los más importantes remates de arte latinoamericano de estas ciudades. La feria ya lleva siete ediciones y yo tuve el honor de participar en todas ellas y de ver cómo creció junto con ella el interés del coleccionismo internacional por el arte latinoamericano contemporáneo. ¿Un sueño pendiente en relación a tu profesión? Prefiero una meta…y es depurar mi lenguaje, destilar lo mejor que tengo para decir en una obra que no esté afectada por modas ni por cuestiones comerciales. |
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