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WINES & SPIRITS //
Lo mejor de un día en Napa Valley
04/07/2011 Viñedos, bosques y lujo se combinan en la cuna de los “vinos del nuevo mundo”: Napa Valley, pionero indiscutible del turismo enológico mundial y de una forma distinta de ver el vino y su mundo. En esta nota le contamos qué es lo mejor de pasar un día entre las bodegas y caminos del más famoso valle californiano para los amantes del vino.
Lo mejor de un día en Napa Valley Textos: Esteban Cynowiec Fotografía: Mariana Iurman Asomaba apenas el sol de la mañana mientras subíamos y bajábamos por la montaña rusa que forman las calles de San Francisco. Teníamos poco más de una hora y media hasta llegar a la primera bodega del Valle de Napa en California y queríamos aprovechar la luz y el fresco de la mañana para hacer el viaje. Si bien desde la península de San Francisco se puede llegar al Valle de Napa cruzando por dos puentes distintos, elegimos el Golden Gate para comenzar el viaje.
Este “puente colgante” construido entre 1933 y 1937 se puede ver desde casi cualquier punto de la costa y, si bien no es el más largo, es sin ninguna duda el más imponente. Estábamos por cruzar la segunda gran torre (de más de 200 mts. de altura) cuando a nuestra derecha apareció la mítica Isla de Alcatraz, con “La Roca” convertida en museo, pero sin perder el misterio y la oscuridad que la envuelven. Recorrimos el kilómetro y medio de puente que nos separaba del Valle de Napa y tomamos la Redwood Highway.
Cuando llegamos al “downtown” –sorprendentemente lujoso- el sol ya había salido completamente. Nuestro primer destino, el más lejano, era la mítica bodega Beringer Vineyards, en el condado de Santa Helena. El camino, una vez que uno sale del centro de Napa, se convierte en una mezcla de viñedos impecables a ambos lados de la ruta que se continúan tierra adentro por kilómetros y kilómetros de llanura hacia las elevaciones montañosas y pueblo pequeño y boscosso. Todo esto matizado por los hermosos edificios de las bodegas que, convierten el paisaje en algo absolutamente pintoresco y único. Menos de media hora más tarde se dejó ver a lo lejos, desde la avenida de St. Helena, un edificio victoriano impresionante; estábamos a punto de llegar a Beringer Vineyards, la bodega que más tiempo ha funcionado como tal en el valle, y la primera en ofrecer servicios para el turismo en la región... la “precursora” del turismo enológico en California.
Antes del almuerzo
“The Rhine House”, tal resultó ser el nombre de aquel imponente castillo victoriano que veíamos desde la ruta, fue construido en 1884 por Albert Schroepfer como la residencia de la familia Beringer. Esa belleza de 17 habitaciones -que recuerda las villas de Mainz, en la costa del Rhine, en Alemania-, impresiona tremendamente a los visitantes por su estructura: todo piedra en el exterior y recubierta internamente en madera, del piso al techo, por su ornamentación de época y la belleza de sus muebles, y por su enorme cantidad de vitreaux hechos especialmente para la casa (casi 40 paneles de vidrio que costaron casi un cuarto del valor final de la construcción). Tras recorrer las instalaciones nos condujeron a la vieja bodega de piedra para probar directamente de las barricas una rareza –un zinfandel blanco- , un vino que no había sido presentado hasta ese momento, y luego fuimos a la cava para hacer la degustación de tres vinos más.
Unos cinco minutos más tarde, y habiendo pasado nuevamente por un pequeño camino de ensueño, llegamos a Rutherford Hill Winery, la primer bodega en elaborar el Merlot en California, y sin duda, uno de los mejores exponentes de esta uva en la región por su parecido a su pariente del Pomerol, en Bordeaux. Al llegar nos encontramos con una enorme casa de tipo holandés, con techos de teja negra y paredes madera, rodeado de árboles y plantas. Parecía que aún era temprano porque éramos los únicos, gracias a lo cual pudimos recorrer las instalaciones tranquilamente. Lo primero que visitamos fue su cava subterránea. Construída con piedra y tapada con enredaderas y pastos al entrar la frescura de sus túneles de techos bajos alumbrados tenuemente por candelabros y arañas de cristal, y el silencio y la solemnidad del ambiente producen una curiosa sensación de tranquilidad y bienestar. En cierto punto del recorrido apareció un saloncito con mesas de manteles de terciopelo, y arañas de cristal: era el exclusivo restaurante de la cava, donde se puede cenar o hacer eventos, utilizando incluso los túneles para poner mesas y hacer fiestas o reuniones. Una absoluta maravilla del buen gusto. Daban ganas de quedarse allí para siempre, pero teníamos que seguir. Afuera, con el sol de la mañana sobre nuestras cabezas, visitamos el resto de las instalaciones y finalmente fuimos a hacer la degustación de sus famosos vinos. Sin ninguna duda, allí estaba el mejor Merlot que haya probado hasta ahora (sacando los franceses por supuesto). Luego de probar unos cuantos vinos más dentro de los que se destacaba un Sauvignon Blanc excelente, terminamos con un delicioso oporto acompañado por blueberries y emprendimos el camino hacia la próxima bodega. En la ruta nos llamó muchísimo la atención la presencia a ambos lados del camino de parras de importante edad rebalsando racimos de uva madura. Detuve el auto en un costado y nos bajamos a verlos, no pudiendo evitar agarrar algunos de los enormes racimos e ir comiéndolos por el camino.
Por la tarde Dean & DeLuca. Basta con nombrar, como apenas una de las indescriptibles maravillas que veíamos en de una de las más refinadas casas de gastronomía del mundo, las cazuelas y esculturas hechas con sal rosa del Himalaya y la colección de especias infinitamente desconocidas, de mil colores, acomodadas formando un arco iris; su sección de quesos y fiambres nos quitó el aire, y su bodega... demasiadas emociones para tan poco tiempo. Comimos sentados afuera, bajo unos árboles y, bailando al ritmo de una ensoñación mística, salimos nuevamente al camino.
Volvimos por Rutherford Hill Road hasta retomar St. Helena Higway y no hicieron falta más de quince minutos para que viéramos sobre la ruta la imponente entrada de la bodega Robert Mondavi, una de las más famosas de Napa por su magnitud, su oferta al visitante y por haber sido una de las primeras en instalarse en el valle.
Tras el inevitable paso por el Wine Shop y la compra de numerosos vinos, copas y libros, emprendimos el camino hacia nuestra última parada, una de las citas más esperadas del viaje, The Hess Collection Winery. Esta es una de las tantas imponentes bodegas que el millonario suizo Donald Hess, heredero del imperio The Hess Family Estates, tiene en los países del nuevo mundo vitivinícola; no podíamos irnos del Valle sin visitarla. Una vez allí, el primer ítem obligado de la visita es la colección de arte Hess una fascinación de la familia y en especial de Donald. El recorrido por la colección de arte es enorme y magnífica, así como el propio edificio, sobriamente moderno. Describir todas las espléndidas obras que hay allí no tendría sentido en esta nota, pero me gustaría destacar a Johanna 2, del Suizo Franz Gertsch, uno de los íconos innegables de la colección. Una obra enorme que, a pesar de lo que parece, no es una foto sino una gigantesca pintura puntillista basada en la foto de una niña amiga suya de 16 años. Es impresionante lo que se siente al ver esta pintura realizada con puntos de colores. Ya estaba atardeciendo y, para volver a las lomas empinadas de esa bellísima ciudad del tranvía cruzamos por el mayor puente que une esta al valle con la ciudad, el Bay Bridge. Así, mientras sonaba en la radio del auto Frank Sinatra con Flight me to the moon, la vista de San Francisco desde el puente era el mejor remate para un extraordinario día en el Valle de Napa, cuna de los vinos del nuevo mundo. |
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