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Animales del mito
23/11/2011

ES TIEMPO DE CONOCER 

Animales del mito

A través del cine y de cuentos populares, los delfines han adquirido fama de amistosos, inteligentes y divertidos. A pesar de ser una criatura excepcional por su gran adaptación al medio acuático y su prodigioso sistema de comunicación, muchas de las otras leyendas que los rodean carecen de sustento científico.

Por: Felicitas Casillo


Imágenes gentileza: Laboratorio de mamíferos marinos del CENPAT (CONICET)

Antiguamente, muchos pueblos costeros creían en la existencia de estilizadas criaturas que se deslizaban a través de las olas. Sostenían que eran mujeres bellísimas, con aletas caudales, brillantes cabelleras y voces fascinantes. También los marineros observaban estos espléndidos y ágiles cuerpos saltar y volver a sumergirse junto a los cascos de sus naves. De esta manera, la imaginación propia del ser humano forjó el mito de las sirenas.

Teniendo en cuenta al gran poeta griego Homero, estos seductores seres conquistaron hasta a Ulises, el héroe de la Odisea, cuando después de colocar tapones en los oídos de su tripulación, se hizo atar al mástil del barco para no lanzarse al mar cuando escuchara las voces de las supuestas mujeres fatales.

Actualmente, se considera que este mito se forjó a partir de las piruetas de algunos cetáceos en el agua, especialmente de los delfines, que se caracterizan por emitir un particular sonido y por sus cuerpos brillantes e hidrodinámicos. Pero la leyenda de las sirenas no es la única que implicó a esta especie. El común de las personas suele pensar que son apacibles y amigables, sólo por lo que se ve de ellos en la mayoría de los parques acuáticos, donde no puede faltar el espectáculo de un ejemplar de la especie más común- Tursiops truncatus - recogiendo pelotas de colores y comiendo pescado de la mano del entrenador.

Enrique Alberto Crespo, Doctor en Biología e Investigador Principal del Centro Nacional Patagónico y del CONICET, se especializa en Biología y Manejo de Recursos Acuáticos y lleva treinta años investigando a los mamíferos acuáticos, entre ellos los delfines. Desde el Centro de Investigación, ubicado en Puerto Madryn, Chubut, Enrique se centró en el estudio de las interacciones de estas especies con actividades humanas, como la pesca y el turismo. Actualmente lidera un equipo de becarios y tesistas que trabajan en este mismo tema.

“El contacto con el hombre no se produce espontáneamente”, asegura el investigador: “Lo que los delfines muestran en cautividad tiene una base comportamental de lo que realizan en vida libre. Aprenden fácilmente a jugar con objetos como pelotas o aros, porque antes, en el mar, juegan con objetos flotantes.” Además, sostiene que la actitud o el comportamiento de un delfín, como en otros animales, dependerán del “momento reproductivo en que se encuentre”. Siempre serán más cautelosos si en una manada hay crías. “Hay especies de delfines que pueden ser peligrosas o agresivas en determinadas situaciones, esta es una imagen que comúnmente no trasciende. En general se ha hecho una leyenda popular de que se puede realizar cualquier cosa con ellos, pero la realidad es que no es así. Hay que recordar que son animales maravillosos, pero no dejan de ser salvajes.”

De mar y río

El término delfínidos es usado comúnmente para designar a los delfines oceánicos. Esta familia de cetáceos odontocetos- cetáceos que poseen dientes en su boca- es bastante heterogénea y alberga unas 34 especies.  Miden entre dos y nueve metros de largo, con el cuerpo fusiforme- con la forma de los antiguos husos para hilar-, la cabeza grande, el hocico alargado y un solo espiráculo u orificio respiratorio en la parte superior de la cabeza. Se encuentran tanto cerca de las costas como en zonas más alejadas y se alimentan de peces y calamares.

Por su parte, los platanistoideos, conocidos vulgarmente como delfines de río, son una superfamilia de cetáceos odontocetos que tienen su hábitat en estuarios y cursos fluviales. Los delfines de río presentan largos y finos hocicos. Su vista es muy limitada -en algunas especies, incluso, inexistente-, por lo que el sentido de la ecolocalización-descrito más abajo- les resulta indispensable a la hora de alimentarse y nadar.

Según el investigador del Centro Nacional Patagónico, estos delfines de río son los que mayor peligro corren porque “obras como represas han modificado los cursos de los ríos, sus caudales y sus flujos. Por lo tanto esto repercute en los hábitos migratorios, la movilidad de estos animales y el intercambio genético entre grupos de delfines a lo largo del río”.

 

Comunicación bajo el agua

El sistema de comunicación de los delfines implica varias características: de naturaleza táctil (roces, caricias), visual (posiciones, saltos) y, por supuesto, auditiva. Como la mayoría de los cetáceos, los delfines no tienen prácticamente olfato: sus conductos respiratorios poseen muy pocas células sensoriales y los lóbulos olfativos de su cerebro están atrofiados.

Los mensajes sonoros conforman un lenguaje individualizado, regular, dividido en secuencias con intercambios, de estilo preguntas y respuestas. Los delfines emiten sonidos: silbidos, ronquidos, gruñidos, tintineos y tamborileos. Para articular el sonido utilizan su faringe, pero las ondas sonoras que utilizan son amplificadas por los tejidos adiposos de su cabeza. Elaboran sonidos de una frecuencia comprendida entre 100 y 150.000 hercios, bastante por encima de la capacidad del hombre, que sólo percibe los que se sitúan entre 100 y 15.000 hercios.

“Los delfines no son más inteligentes que otras especies animales”, asegura Crespo: “Todos los mamíferos en general son animales muy inteligentes. Su inteligencia radica en su plasticidad y su capacidad de aprendizaje, a diferencia de las aves que tienen comportamientos más esteriotipados. Por esta razón la domesticación en los mamíferos llega a niveles elevados. Los delfines en este sentido no son más capaces de aprender que otros mamíferos. Ocurre que en los acuarios vemos una cantidad de destrezas concentradas en poco tiempo, juegos con pelotas, trampolines.”

Los ecos de las emisiones que produce son recibidos por un orificio auditivo minúsculo, cuya impermeabilidad durante las inmersiones está asegurada por un grueso tapón de cerumen. Estos sonidos les sirven tanto para dirigirse como para intercambiar mensajes. Cuando el delfín quiere orientarse en aguas turbias, agitadas o durante la noche, emite una serie de sonidos de frecuencia baja, cuyos ecos le proporcionan un perfil del ambiente donde se mueve. Posteriormente, balancea la cabeza de un lado a otro, produciendo sonidos de frecuencia más alta, de esta manera encuentra los obstáculos más pequeños.

Un prodigio para cuidar

Con respecto a las especies de delfines en peligro, el Doctor Crespo considera que en la Argentina afortunadamente no existe ninguna, exceptuando a la “la franciscana” o Delfín del Plata, que está presente en las costas del Atlántico sudoccidental, desde Espírito Santo, en Brasil, hasta el Golfo de San Matías, en la Patagonia. “Es una especie costera que presenta una mortalidad muy grande en artes de  pesca como las redes de agalla. Otras especies de delfines gregarios como los delfines comunes y oscuros, se ven afectados por redes de arrastre pelágico. Estas son peligrosas para la franciscana porque, como los pescadores, los delfines persiguen cardúmenes de anchoas o caballas”, explica Crespo, sin embargo es optimista: “Se está trabajando mucho en esto, intentando suplantar estas redes por otras menos nocivas, o implementar palangres”. Con respecto al panorama mundial, existen varias especies con ciertas posibilidades de extinción. La más comprometida recientemente ha sido el delfín del Río Amarillo, en China, a la que prácticamente se lo ha dado por extinto.

 




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